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La desigualdad es clave para entender el mundo en el que vivimos

La muerte juega a los dados, de Clara Obligado, es uno de esos libros sorprendentes porque resulta difícil etiquetarlo

2015-05-18 09:43:44

nuevatribuna.es | Emma Rodríguez 15 de Mayo de 2015

Clara Obligado. Fotografía © Karina Beltrán

 

lecturassumergidas.com@lecturass | Por Emma RodríguezLa muerte juega a los dados, de Clara Obligado, es uno de esos libros sorprendentes porque resulta difícil etiquetarlo, porque los encasillamientos no valen y es mejor dejarse llevar, ir abriendo las puertas de las distintas estancias, avanzar como en un laberinto buscando las salidas. Se trata de un conjunto de cuentos que no se atiene a unas reglas fijas, sino que toma elementos de distintos estilos. Se trata de un recorrido a través de la distancia corta que bien puede emprenderse con la disposición del largo aliento de la novela, porque hay unidad en las acciones, en los personajes, en muchos de los elementos narrativos. La propia autora lo califica como “un artefacto” en el sentido de piezas que se unen para alcanzar un sentido, para provocar el asombro, para seducir con la fuerza de los imprevistos.

En La muerte juega a los dados (Páginas de Espuma) la autora ha puesto en pie un libro que parece ligero, juguetón, pero que, sin dejar de serlo, ahonda con dureza en temas como los abusos de poder; las imposiciones de la herencia; la desigualdad en todas sus vertientes: entre hombres y mujeres, entre pobres y ricos, entre viajeros de primera clase y de mucho menos que segunda. Las guerras europeas, la dictadura argentina, la Historia con sus vaivenes, marca los destinos de personajes que se encuentran, se cruzan incluso sin saberlo, se separan, se olvidan. Acostumbrada a montar y desmontar cuentos, a darle vueltas a las posibilidades del género, tanto en su propia literatura como en en el Taller de Escritura Creativa que dirige, esta mujer, autora de títulos como Las otras vidas, El libro de los viajes equivocados o La hija de Marx, novela ganadora en 1996 del Premio femenino Lumen, se siente a gusto en los escenarios donde la realidad se confunde con la ficción, en las rutas literarias menos convencionales, “descolocadas, fuera de los límites, mestizas”, según sus palabras.

– ¿En qué medida has querido indagar, a través de la ficción, en la historia de tu familia? ¿Hasta dónde has querido llegar?

– Partí de cosas que sé, de cosas que me contaron y que yo recreo desde mi condición de exiliada dentro de una familia de clase alta argentina. Esa posición es muy curiosa, porque aquí, en España, no tengo contexto, y allí, en Argentina, me miran como un sapo de otro pozo. Resulta complejo, pero al mismo tiempo me permite una experiencia de libertad, de no deber nada a nadie, que se plasma en lo que escribo. Desde ese ángulo es desde el que he podido mirar, desde fuera, un poco como si no tuviera que ver conmigo, a mis orígenes, observar a esa familia tan particular de la que procedo, una familia rica, de derechas, muy patriarcal, de hombres que destacaron en el cultivo de la poesía (cuando murió mi bisabuelo, Rafael Obligado, gran poeta nacional, pusieron la bandera a media asta) y también de mujeres pintoras muy olvidadas. El libro comienza con un acto muy simbólico, la muerte del patriarca, y avanza a través de la apropiación que hago de mis recuerdos, de la manera en que los utilizo para montar mi propio relato.

– Después de tantos años viviendo en España, desde 1976, ¿te sigues sintiendo extranjera?

– En España no he sido aceptada por la generación de escritores a la que me hubiera correspondido incorporarme de forma natural. Es como si no me vieran, como si siempre tuviera que ser una escritora argentina y quedarme en ese compartimento estanco, pero no pasa sólo conmigo. Hubo mucha gente, muchos escritores, que llegaron en los años 70 y no fueron nada considerados. Ahí está el caso de un autor tan valioso como Marcelo Cohen, que vivió en Barcelona durante muchos años y pasó bastante desapercibido. El propio Roberto Bolaño sufrió esa falta de integración. En España se tiende a negar lo que no es nacional. Es un país de expulsión, no de asimilación, donde los de fuera siempre hemos de quedarnos fuera. A mí más que dolerme, es algo que me cansa, que me aburre, y al mismo tiempo me sirve como estímulo, como impulso creativo. Sentirme permanentemente como extranjera es una fractura y a la vez una riqueza, porque me permite adoptar una mirada intermedia, liberada de las dos claves nacionales, porque, como te decía antes, tampoco formo parte de ninguna generación en mi país. El personaje de Sonia representa en el libro la muerte de mi generación, que fue anulada por la dictadura. Puedo decir entonces que el mío es un territorio propio de Kafka. Estoy en tierra de nadie, escribo desde la verja, un lugar muy interesante, que ahora mismo comparto con mucha otra gente.

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—Gracias a la automoción, Ávila prosperará por fin. —¡Qué bien, nos pondrán una fábrica nueva! —Qué va, creo llamarán Ávila a un nuevo modelo de coche.

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