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La trascendencia del movimiento obrero en la lucha por los derechos políticos

A lo largo del siglo XIX se produjeron transformaciones fundamentales que sentaron las bases de nuestros gobiernos representativos.

2015-06-07 01:27:18

Publicado por Pablo Simón,  Jot Down, eldiario.es, 4-VI-2015

Gran encuentro Cartista de 1848 en Kennington Common, Londres. Daguerrotipo: William Edward Kilburn. (Dominio público)

A lo largo del siglo XIX se produjeron transformaciones fundamentales que sentaron las bases de nuestros gobiernos representativos. Probablemente la más importante fue la irrupción de las clases obreras, que lograrían a lo largo de un siglo de luchas algunas de las conquistas políticas más importantes de las que disfrutamos hoy. De los muchos movimientos de matriz obrerista que hubo por entonces uno de los más relevantes fue el Cartismo, el cual impulsó una importante agitación política entre 1838 y 1848. Mientras que en Europa las revoluciones liberales de 1948 dejaban claro que el Antiguo Régimen era insostenible, en el Reino Unido los obreros peleaban por los puntos recogidos en la People´s Charter, un documento firmado a medias por seis diputados y seis líderes sindicales.

En este artículo propongo el ejercicio de tomar las demandas que planteó este movimiento hace dos siglos y volver a mirarlas con los ojos de presente. Es curioso ver como algunas de estas propuestas las damos por sentadas, otras las seguimos discutiendo y alguna hasta es contradictoria con demandas muy populares hoy día.

1. Sufragio universal (masculino)

Probablemente una de las contribuciones más importantes de los partidos obreros ha sido la extensión del sufragio. Como es conocido, la mayoría de los regímenes representativos de la época eran censitarios, lo que establecía requisitos de renta o de propiedades para poder votar y presentarse. Esto, además, incluía la restricción del voto a las mujeres o a los negros. En determinados lugares, como en Estados Unidos, hasta había exámenes de alfabetización, muy empleados en los estados del Sur. Ello permitía privar del voto tanto a la población negra como a los más pobres (que tenían mayores tasas de analfabetismo), con lo que se mataba dos pájaros de un tiro. Estas restricciones se fueron retirando hasta que el sufragio universal masculino estuvo en vigor en casi todos los países de Europa continental para inicios del XX. La lucha de las sufragistas (que daría para otra entrada) consiguió que a partir de la I Guerra Mundial este derecho también se extendiera a las mujeres. Los negros en Estados Unidos habrían de esperar a 1965.

Hoy día parece que el sufragio universal es un derecho plenamente consolidado. Es más, estamos en un punto en el que nadie discute que es condición necesaria, aunque no suficiente, para que un país sea democrático. Pese a esto todavía podemos avanzar más en esta línea. El primer asunto es el debate, que no voy a reabrir, sobre si votar es un derecho o un deber, así como las implicaciones que tiene en nuestras democracias. Pero también tenemos el debate sobre un derecho que parece limitado en el ejercicio: el voto rogado. Como ha sido discutido muchas veces, tras la reforma de 2011 el voto es muy complicado de ejercer para la creciente población emigrada. ¿Podemos considerar que un derecho que no puede ejercerse es un derecho pleno? No parece, así que en este tema hay mucha tela por cortar. Algo parecido ocurre a la inversa. ¿Está bien que los inmigrantes extracomunitarios no puedan votar si no hay convenios específicos? ¿Y que los de la Unión Europea no puedan hacerlo en las generales? Todo son debates que quedan pendientes.

El establecimiento de los derechos fundamentales, como es el voto, choca siempre con el debate de a quiénes consideramos parte de la comunidad política. Al principio los pobres, los negros o las mujeres no eran considerados como tales o, si caso, subordinados al propietario o al hombre. Lo que habría que preguntarse es si no queda algún paso más que dar en este sentido.

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