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Y porque nuestra historia fue silenciada (I)

El pasado 8 de junio se organizó en un paraje boscoso de Santa Cruz del Valle un homenaje a cinco personas  fusiladas por los golpistas en septiembre de 1936. Las víctimas –cuyos cuerpos descansan en aquel lugar- fueron  los jornaleros Víctor Jiménez de la Iglesia, de 53 años, que dejó viuda y cinco hijos; su hijo Agustín Jiménez Barbado, de 23 años y soltero; Ladislao Jiménez Sánchez, de 27, que dejó viuda y una hija de dos años; y Santiago Jiménez García, que con 27 años dejó un hijo de 17 meses. Y también el guarda forestal José Pizarro Hernández, de 57 años, que tenía dos hijos. El acto, organizado por el Foro por la Memoria del Valle del Tiétar y la Vera, contó con la presencia de más de un centenar de personas.  Intervinieron responsables del Foro, don Benito Cañadas –alcalde del pueblo durante décadas-, varios poetas y músicos  y la nieta de Santiago Jiménez García, uno de los fusilados. Este es el texto que ella leyó:

2014-11-18 23:20:54

Soy nieta de Santiago Jiménez, asesinado, aquí “La Erita de los lobos” junto a otros cuatro familiares y amigos el 19 de septiembre de 1936. 29 años después y curiosa casualidad, también un 19 de septiembre nacía yo, y hasta hoy he sentido mi vida ligada a aquella experiencia aunque ello significara quedarme sin fiesta de cumpleaños.

A pesar del tiempo trascurrido, esta tragedia resuena aún con fuerza dentro de mí y ha determinado mi biografía y la de mi familia. Preguntar y escuchar me aliviaba, me he representado mil veces cómo vivieron aquellos hechos mis seres queridos, miraba a mi abuela buscando en sus ojos la huella de lo que había quedado, escuchaba a mi tía contar sus sueños en los que trataba de reconciliarse con los muertos y con ella misma. Y de alguna manera, esperaba respuestas.

Probablemente, exista una necesidad de comprender, de concluir, de dar unidad a lo no resuelto, eso que causó dolor, que se queda suspendido en la historia y en la conciencia y que por más que se intenta acallar, acaba volviendo una y otra vez, pasando de unas generaciones a otras, en busca de un final coherente. 

Puede que aún no se comprenda bien la influencia de las acciones y como ésta no se detiene jamás, pero sé que algo profundo nos ha dado dirección y nos ha alentado una búsqueda que tiene que ver con el mejor de los Mundos Posibles.

 Y porque nuestra historia fue silenciada y se perdió en el tiempo, quiero, brevemente recordar, porque la memoria es lo único que posibilita la reconciliación y porque sin memoria los pueblos pierden el norte y el sentido; y la paz y la fuerza y la alegría.

 A nuestros abuelos los mataron por ser de izquierdas, por no guardar silencio frente a la corrupción mientras defendían su tierra; pero también por formar parte de una comunidad que por su estilo de vida, resultaba potencialmente peligrosa. Hablo de “Los Mesegares” unas tierras en las que se instalaron los antepasados de nuestros abuelos junto a otras familias, a unos 2 Km. de aquí; cerca de 40 personas compartían allí, relaciones, trabajo, enseñanzas, juegos y música. VIDA

Eran pobres, muy pobres pero trabajaban la tierra, cazaban, hacían carbón y su pan, cuidaban sus animales, aprendían y enseñaban a otros a leer, a escribir, a confeccionarse su ropa…Se autoabastecían, no tenían amo, vivían de forma independiente, con las reglas que ellas y ellos habían establecido, compartiendo lo mucho y lo poco.  Su existencia transcurría apacible dentro de lo convulso y politizado del momento. No creo que ni una sola vez imaginaran su final.

Sus pilares eran la honradez, la palabra, el bien común, la familia. No eran líderes políticos o sociales, ni guerrilleros, ni militantes convencidos. Probablemente nunca se plantearon semejante elección. Fueron, como la mayoría de los asesinados durante y después de la Guerra, gente de paz, sencilla, con sus ideas, gente honesta que no había hecho mal a nadie. No temían especialmente por su vida y por eso permanecieron junto a sus familias, sin ver necesario esconderse o marcharse lejos de casa. (Continúa)

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humor.corto

–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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