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El mito de la habilidad de Franco. Hendaya, 75 años después

Franco promulgó un decreto en el que ordenaba “la más estricta neutralidad a los súbditos españoles”. ¿Que hay detrás de esto?

2015-10-23 19:56:44

Julián Casanova (Historiador)  22/10/2015

Fotografía difundida en España por la Agencia Efe de la entrevista de Francisco Franco con Adolf Hitler. EFE

 

Unos meses después del final de la guerra civil española, el ataque del ejército alemán a Polonia, en septiembre de 1939, daba inicio a otra guerra en Europa, la segunda del siglo XX, que se convertiría en confrontación mundial tras el bombardeo japonés a la base naval norteamericana de Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941. Fue una guerra global, seis años de destrucción y muerte, que Franco y su dictadura pudieron evitar, aunque hubo miles de españoles que participaron también en la batalla, contra el fascismo o contra el comunismo, un segundo acto de la tragedia que justamente acababan de dejar atrás en su país. Y precisamente en esos años de posguerra española y de guerra mundial, Franco construyó su paz, salvó su Patria y presidió la construcción de su nueva España.

Mientras Franco consolidaba su dictadura tras el triunfo en la guerra civil, durante lo que los españoles llamamos posguerra, la Segunda Guerra Mundial ponía patas arriba el mapa de Europa que había salido de la de 1914-1918. Entre 1939 y 1941, siete dictaduras derechistas de Europa del este cayeron bajo el dominio directo de Alemania o Italia: Polonia, Albania, Yugoslavia, Grecia, Lituania, Letonia y Estonia. En el mismo período, siete democracias fueron desmanteladas: Checoslovaquia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia.

Los vientos que soplaban por entonces en Europa eran fascistas, procedentes sobre todo de la Alemania nazi, y eso generó notables tensiones políticas entre los militares y los dirigentes falangistas. La intervención alemana e italiana había sido decisiva para el triunfo de las tropas de Franco frente a la República y en los meses que transcurrieron entre el final de la guerra civil y el inicio de la Segunda Guerra Mundial la política exterior franquista se había alineado con las potencias fascistas, adhiriéndose en abril al Pacto Anti-Comintern, el acuerdo establecido entre Alemania, Italia y Japón para luchar contra el comunismo. Sin embargo, cuando el ejército nazi invadió Polonia y Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania, Franco promulgó un decreto en el que ordenaba “la más estricta neutralidad a los súbditos españoles”. Era una política de aparente equidistancia, en un momento en el que ni siquiera Italia había entrado en la guerra, que iba a resultar muy difícil de mantener en aquella Europa tan turbulenta.

Neutralidad y beligerancia

La prueba de fuego para esa neutralidad llegó un año después, en la primavera de 1940, con la súbita y victoriosa invasión de Holanda, Bélgica y Francia por el ejército nazi. Benito Mussolini consideró que ése era el momento oportuno para que Italia entrara en la guerra, para recoger así los frutos de la victoria, y Franco, convencido también del ineludible triunfo fascista, preparó el camino para poder intervenir como beligerante en el reparto del botín imperial a costa de las potencias democráticas. La intención era, en palabras de Ramón Serrano Suñer, quien compartió con Franco esa estrategia diplomática, “entrar en la guerra en el momento de la victoria alemana, a la hora de los últimos tiros”. A la espera de poder dar ese crucial paso, el gobierno de Franco abandonó la “estricta neutralidad” y se declaró, el 13 de junio de 1940, beligerante, imitando lo que había hecho Mussolini justo hasta ese momento, una fórmula por la que se reconocía explícitamente la simpatía por el bando del Eje.

El problema era la desastrosa situación económica y militar de España, apenas un año después de finalizada la guerra civil, y las ambiciosas peticiones que Franco reclamaba como premio. El Ejército no estaba “en modo alguno” preparado para entrar en la guerra mundial, según informaba el general Alfredo Kindelán en marzo de 1940 y como recordaba poco después el almirante Wilhelm Canaris, jefe del servicio secreto militar alemán. España tenía “una situación interna muy mala”, con escasez de alimentos y materias primas, y sería más una carga que una ayuda: “Tendríamos un aliado que nos costaría muy caro”. Y a cambio, además, Franco pidió a Hitler Gibraltar, el Marruecos francés, el Oranesado (región noroccidental de Argelia) y el suministro de alimentos, petróleo y armas.

Las peticiones le llegaron a Hitler a través de una carta que el general Juan Vigón le entregó en mano en junio y una visita de Ramón Serrano Suñer, ministro de Gobernación, en septiembre. Los alemanes, como dejó bien claro su ministro de Asuntos Exteriores, Jochim Won Ribbentrop, no valoraban positivamente la beligerancia española, porque la consideraban una carga económica y militar, y plantearon además la exigencia de establecer bases militares en las islas Canarias. Así las cosas, las dos delegaciones diplomáticas acordaron tratar los puntos fundamentales de la negociación en un encuentro entre el Führer y el Caudillo. El histórico encuentro se celebró en Hendaya el miércoles 23 de octubre de 1940.

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