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De terrores y terrorismo

En el año 2014, el Departamento de Estado de EEUU registró oficialmente 13.463 atentados con 32.727 muertos

2015-11-20 20:12:03

17 nov 2015, Público.es

Augusto Zamora R.
Profesor de Relaciones Internacionales

Reagan reunido con los Mujaidines afganos

En el año 2002, el Departamento de Estado de EEUU registró oficialmente199 atentados terroristas, con un total de 725 muertos. En 2014, el registro oficial dio cuenta de 13.463 atentados con 32.727 muertos. El número de atentados se había multiplicado por 70 en doce años y el número de víctimas mortales por 45. ¿Qué había pasado en esos doce años que van de 2002 a 2014? Lo que es de conocimiento público. Las invasiones y destrucción de Afganistán e Iraq, la agresión criminal y destrucción de Libia y la guerra abierta contra el gobierno de Siria y la destrucción del país. En medio, intervenciones armadas francesas en Chad y Costa de Marfil y, las últimas, en la República Centroafricana y Mali, en 2013. Más lejanas, la fallida operación de EEUU en Somalia (1992) y el bombardeo gratuito de Sudán por EEUU en 1998, so pretexto de destruir bases terroristas y lo que destruyó fue la única fábrica de medicamentos de Sudán. De fondo, más de 60 años de sufrimiento, humillación y muerte del pueblo palestino a manos de Israel, país gendarme de Occidente, con licencia para todo, desde ocupar territorios hasta asesinar niños, torturar y bombardear con total impunidad.

Pero hay más, no por olvidado aquí, menos importante. Entre noviembre y diciembre de 2004, el Ejército estadounidense lanzó una ofensiva brutal para ocupar Faluya, en manos de la resistencia iraquí. El resultado final fue la casi total destrucción de la ciudad y más de 5.000 muertos, la mayoría mujeres y niños. Antes del asalto a Faluya, un sargento de la Marina declaró a Channel 4 News: “Vamos a dar rienda suelta a todas las atrocidades del Infierno, a todas ellas… Ni siquiera saben lo que les espera. ¡El Infierno se acerca! Si allí viven civiles se encuentran en el lugar equivocado en el momento equivocado”. El caso de Faluya hizo recordar otro similar, la aldea de Ben Tre, en Vietnam, en 1968. Tras su aniquilación, el oficial estadounidense al mando afirmó: “Tuvimos que destruir la aldea para salvarla”. En marzo de 1968 fue la matanza en la aldea de My Lai. 504 civiles fueron asesinados por soldados de EEUU. “No era difícil encontrar gente para matar, estaban por todos lados. Les corté la garganta, las manos, la lengua y el cuero cabelludo. Muchos soldados lo hacían y yo lo hice también”, declaró después uno de los participantes de la masacre de My Lai.

Viene esto a propósito de uno de los episodios más atroces de la invasión de Afganistán: en noviembre de 2001, unos 5.000 talibanes se rindieron a tropas de EEUU y de sus aliados uzbekos en la ciudad de Kunduz. La suerte de los prisioneros fue terrible. Unos 500 fueron masacrados en la prisión de Mazar-i-Sharif. Otros 3.000 fueron torturados y asesinados en los días siguientes. Estos hechos fueron documentados por el cineasta irlandés Jamie Doran, en su documental Afghan Massacre – The convoy of Death, presentado incluso en el Parlamento Europeo, en 2002. En el documental puede verse el sitio desértico donde arrojaron los cadáveres, lleno de cráneos, ropa y huesos humanos. Un soldado afgano, testigo de la matanza, afirmó que “cortaron dedos, lenguas, cortaron su pelo y barbas. A veces lo hacían por placer; llevaban a los prisioneros afuera y los golpeaban y luego los retornaban a la prisión. Pero a veces nunca volvían y desaparecían, el prisionero desaparecía. Yo estuve ahí”. No pasó nada. No hubo investigación, ni sanciones ni, menos aún, juicios para esclarecer los crímenes. (A propósito, la costumbre de cortar el cuero cabelludo la inventaron los blancos en el siglo XIX, que cortaban la cabellera de los indios muertos para guardarla como trofeo. Los indios, en venganza, pasaron a hacerle lo mismo a los blancos que mataban).

Deben los europeos quitarse la venda perversa que han dejado conceptos ideológicos no menos perversos como “injerencia humanitaria” o “deber de intervención” para entender lo que han sido y son políticas neo-imperialistas y neocolonialistas, con los derechos humanos y la democracia convertidos en pretextos para avasallar a países indefensos (nadie invadiría Corea del Norte, que tiene armas atómicas), guiados por intereses geopolíticos. También la idea de que las tropas invasoras occidentales actúan como hermanitas de la caridad. La impunidad que caracteriza las operaciones militares de la OTAN ha impedido –y sigue impidiendo- investigar a fondo incontables crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad perpetrados en los países invadidos o intervenidos. Si tal se hiciera, ex jefes de estado, mandos militares y miles de oficiales atlantistas habrían tenido que comparecer ante el Tribunal Penal Internacional.

El terrorismo es abominable. Nadie, con un poco de sentido moral y de justicia podría justificar tal crimen. Dicho esto, debe reconocerse, por una parte, que el terrorismo es fenómeno de geometría variable y que el que más daño causa es el terrorismo de estado. Por otra, que organizaciones indefendibles como el Estado Islámico beben de fuentes llenas de humillaciones, atropellos, matanzas e invasiones producidas por manos occidentales. No es gente que cae, sin más, en la locura y se pone a matar inocentes porque sí (ese fenómeno es casi patrimonio de EEUU). El terrorismo islamista tiene orígenes claros y también claros responsables, por más que quiera negarse lo evidente.

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–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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