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EL PASEANTE: Diálogo sobre estatuas (II)

Concluye la reflexión de nuestro Paseante sobre las estatuas urbanas de Ávila.

2015-12-27 22:44:01

Vuelvo a lo que nos ocupa. Me dicen y creo recordar que para el Mercado Grande en el que estuvo, fue realizada en 1968 por  Fernando Cruz Solís la estatua de bronce de la Santa andariega que acabó bajo la espadaña del monasterio de la Encarnación. No es que yo sea un experto, en mis tiempos no había que saber de todo para ser político e incluso sabíamos todo lo que no sabíamos, pero puedo prometer que, de todas, la que más me gusta es esta que parece arrancar a fundar conventos, y este gusto mío es compartido por doctos y no doctos.

Desde allí me acerco al Colegio de huérfanos, que hoy es sede de la Fundación santa Teresa y de la UCAV, de la que fui Vicecanciller en mis últimos años. Frente a ese Colegio, que en mis años juveniles estaba en el fin del mundo, la Diputación que es la propietaria de la finca ha levantado una nueva estatua de bronce, con su obligado pedestal, obra del escultor Nacho Martín (no citaré en qué tipo de esculturas está especializado). Sin hacerme eco de habladurías sobre quién y para que encargó la pieza, de ella diré únicamente –ya he señalado mi vinculación con esa Universidad– que recuerda aquello de  “Dios te perdone, Fray Juan, que ya que me pintaste, me has pintado fea y legañosa” que Teresa dijo a su pintor, y concluiré indicando que desde luego no es la mejor de las cinco estatuas de la Santa que hay en la ciudad.

La estatua más antigua de la Santa en las calles de la ciudad es la que preside la fachada del templo inaugurado en 1636 en el solar que ocupó su casa natal. Conforme con la iconografía teresiana lleva el libro y la pluma como escritora, y no es –creo– de mucha calidad, lo que quizás se deba a la obligación de ajustarse a un marco poco apropiado y muy forzado.

Pues bien, yendo callejeando llega hasta mis oídos la noticia cierta, que no inocentada, de la pronta instalación en esta segunda plaza dedicada a la Santa de una sexta estatua que realizará Óscar Alvariño Belinchón, el ganador de un peculiar concurso popular y profesional que recuerda a los de tapas y quizás sea una concesión  a alguno de los nuevos partidos asamblearios. En él 620 abulenses y tres denominados expertos seleccionaron esta obra entre 16 bocetos presentados. Quizás algún día me expliquen las razones o sinrazones de tan complejo procedimiento.

No le consta a este paseante que en las ordenanzas municipales se diga que en Ávila las plazas dedicadas a la Santa deban tener dos estatuas suyas, pero debe ser así ya que no encuentro otra explicación. Destacable es también el motivo por el que se hace esta última estatua: para conmemorar el V Centenario. No puede uno dejar de advertir que con cuatro centenarios teresianos por siglo (nacimiento, muerte, beatificación y canonización) el panorama de estatuas a la Santa en Ávila es preocupante. Ni puede este caminante apuntar que, más que a la Santa, quiere homenajearse a las ilustres autoridades que han hecho posible tanto evento, tanta banderola, cartel y pendientes. Espero no ver junto a la Santa, sentadas en cómodas butacas, las estatuas de una media docena de responsables de las distintas administraciones para perpetuar la suerte que han tenido de conocerse y su amor por una Santa que no deben conocer mucho (desde luego tantos dispendios están lejos de su pensamiento sobre la pobreza).

Apunta este paseante que mejor habría sido para conmemorar el Centenario impulsar una edición popular del  magnífico libro Sobre Teresa de Jesús de José Jiménez Lozano y Teófanes Egido, sin duda una de las contadas obras que quedarán de este Centenario ya pasado. Y sugiere que habría estado bien fundir en bronce unas cartelas que recordasen en buen y preciso castellano el paso de Teresa por distintos lugares de una ciudad que fue y es la suya, el Ávila de Teresa de Teresa de Ávila (si llego a decir la frase en vida, estaría escrita en letras de bronce de dos metros de alta por toda la ciudad).

Ya casi finalmente, y olvidando el tono distendido de este escrito, me gustaría advertir lo obvio, que no por levantar más estatuas se rinde mejor homenaje a un conciudadano, que tantas estatuas únicamente pregonan la falta de sentido común de quienes dilapidando los dineros públicos las promueven y encargan, más en su provecho que en el del homenajeado, y tampoco dice mucho en favor de quienes soportan callados tal disparate. Añado que en esto de las estatuas, como en todo, lo poco agrada y lo mucho enoja, y no tengo empacho en reconocer que así hubiera en el año 2100 por las calles de Ávila un centenar de estatuas de Adolfo Suárez y una única de Teresa de Jesús, su fama seguiría superando con creces la del citado Adolfo.

De vuelta a mi estatua en la única plaza que me han dedicado los abulenses, me despido esperando que solo sea una inocentada el sueño o mejor pesadilla que en la siesta ha tenido mi estatua: la imagen de los operarios municipales colocando por las esquinas del casco urbano las otras quince estatuas del concurso.

Adolfo

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humor.corto

—Gracias a la automoción, Ávila prosperará por fin. —¡Qué bien, nos pondrán una fábrica nueva! —Qué va, creo llamarán Ávila a un nuevo modelo de coche.

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