estamos pensando...

Contra la islamofobia

En defensa del otro.

2016-01-10 12:32:04

Edwy Plenel, infoLibre,  09/01/2016

Esta frase es de un periodista europeo, podría ser de cualquiera. De un gran reportero que viaja por todo el mundo, de una vida pasada plagada de rutas en la búsqueda generosa del otro, otros hombres, otros pueblos, otras culturas, especialmente en África. De un ciudadano polaco, nacido en 1932, que no olvidó que su tierra fue elegida por los nazis como el territorio donde construir los campos de exterminación, marcada para siempre por el asesinato de hombres, mujeres y niños porque eran culpables de haber nacido diferentes –judíos, gitanos…–

Se trata de un extracto de la obra Este otro (Cet Autre, Plon, 2009), la cual tiene una verdadera voluntad: dejar un legado a las generaciones futuras. Ryszard Kapuscinski publicó este libro un año antes de su muerte, en enero de 2007, en Varsovia. Reúne varias conferencias, transforma su experiencia profesional en reflexión política. El camino siempre incierto del gran reportaje, donde "cada encuentro con el Otro es un enigma, algo desconocido, un misterio", en particular, él aprendió que "somos responsables del viaje que hacemos". Dicho de otro modo, el otro, cuyo encuentro nos sorprende, nos molesta o nos desorienta, depende, en definitiva, de nosotros. De nuestra "buena voluntad frente a él", resume. De nuestra negativa a ceder "a esta indiferencia que crea un clima susceptible de conducir a Auschwitz". "¡Párate ! ¡Mira! –lanza Kapuscinski a su lector en una evocación al pensamiento del filósofo Emmanuel Levinas". "A tu lado se encuentra el Otro. Ve en su búsqueda. El encuentro es la prueba, la experiencia más importante. ¡Mira el rostro que el Otro te ofrece! A través de su cara, te retransmitirá su propia persona, mejor aún, te acercará a Dios". La frialdad, la insensibilidad, la ignorancia que conducen a descuidar el Otro, son pasos que nos alejan, mientras que descubrir sus diferencias, "esta otredad que es una riqueza y un valor", nos acerca.

Pero este proceso no sucede solo, requiere un esfuerzo "un auto-sacrificio y heroísmo", escribirá Kapuscinski. Puesto que nos obliga a pensar en contra de nuestras ideas preconcebidas, contra nuestras costumbres, nuestras herencias, contra estos cinco siglos en los que Europa ha dominado el mundo, política, económica y culturalmente, ahogando nuestras relaciones con el Otro, profundamente asimétricas, dominantes, paternalistas. Vivimos un retroceso donde el Otro es invitado de manera definitiva a sentarse en el banquillo del mundo, mientras que nuestro continente, Europa, no puede seguir pretendiendo "coronarse a título exclusivo como árbitro de toda amenaza, autócrata como antaño". Tal es el desafío que nos espera, en el que nos encontraremos y por el que seremos juzgados, en función de cómo tratemos al Otro, bien como hermano o bien como extraño. Este Otro que, en nuestras sociedades, ha tomado la forma de musulmán. De este Otro del que, en cierto modo, depende nuestra relación con el mundo. Nuestro adversario no es otro que el miedo, por esto hay que responder con valentía, una valentía cuyo ejemplo da confianza –el valor de los principios, el coraje de atreverse, el coraje a resistir, el coraje de estar a la altura, la valentía de ser solidarios–.

Ayer como hoy, el miedo en el mundo provoca ciertas expresiones de xenofobia y de racismo. Incapaces de mostrar los desafíos del mundo, de entenderlos y manejarlos, los gobiernos que comercian con el odio tratan de sobrevivir gracias a las cabezas de turco, emisarios que liberan el miedo que les habita y les paraliza.

"Es un hombre que tiene miedo", escribía en 1946 Jean-Paul Sartre a propósito del antisemita en sus Reflexiones sobre la cuestión judía. Pero este retrato también es aplicable a la islamofobia, 'negrofobia' o la 'rumanofobia' de hoy: "Es un hombre que tiene miedo. No de los judíos, ciertamente: de él mismo, de su conciencia, de su libertad, de su instinto, de sus responsabilidades, de la soledad, del cambio, de la sociedad y del mundo; de todo salvo de los judíos. El judío no es más que un pretexto, en otro lugar se servirá de los negros, o de los amarillos. Su existencia permite simplemente al antisemita ahogar sus angustias persuadiéndose de que su lugar ha estado siempre marcado en el mundo, que este le esperaba y que tiene, por tradición, derecho a recuperarlo. El antisemitismo, en una palabra, es el miedo ante la condición humana".

Las reflexiones de Sartre ya habían sacado a la luz el nudo que bloquea el pensamiento francés, un nudo que debemos deshacer: el rechazo a admitir al Otro como tal, el problema de asumirlo como un igual, este universal abstracto que solo admite al judío, al negro, al árabe, bajo la condición de despojarlo de su historia y de su memoria. Sartre ridiculizó a los falsos amigos de los judíos, "la democracia", que reprocha a los judíos "estar dispuestos a considerarse como tal", mientras que el reproche del antisemitismo es más radical : "ser judío". "No conoce ni al judío, ni al árabe, ni al negro, ni al burgués, ni al obrero", añadía, "solamente al hombre, en todos los tiempos, en todos los lugares, se parece a si mismo, y es por esto que le falta lo singular : el individuo no es para él más que una suma de trozos del universo. De ello se desprende que en su defensa del judío lo salva como hombre y lo aniquila como judío".

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