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El baño de Fraga sirvió para que la población no viese el desarrollo nuclear como algo negativo

2016-01-15 04:07:15

 

Saila Marcos, infoLibre, 13/01/2016

Miembros del ejército estadounidense y español, junto a una de las bombas.

La mañana del 17 de enero de 1966, mientras los vecinos de la pedanía almeriense de Palomares se entretenían, ajenos al peligro, con los residuos de las cuatro bombas termonucleares que cayeron en la zona, el alcalde de la localidad, José Manuel González, lanzaba el siguiente mensaje a la población: “Bueno, la situación, en efecto, es complicada. Los norteamericanos y el capitán de la Guardia Civil me dijeron ciertas cosas, pero me lo dijeron confidencialmente […] Los norteamericanos encontrarán las cosas que perdieron ayer y se irán. Nos pagarán por todos los daños. […] Les estoy diciendo la verdad. Vosotros sabéis que mis campos también fueron cerrados y mis tomates se están pudriendo”.

Preocupado por su bienestar, y el de Palomares, el alcalde se encargó personalmente de que los yanquis contrataran a su hijo para trabajar en la oficina de indemnizaciones que el Ejército estadounidense había dispuesto. No es de extrañar, pues, que lo que comenzó con algunos vecinos llevándose tornillos de las naves para el recuerdo; terminase con Manuel Fraga -a la sazón ministro de Información y Turismo- bañándose en la misma playa en la que había caído una bomba repleta de material radiactivo, junto al entonces embajador de Estados Unidos en España, Angier Beiddle Duke.

El periodista Rafael Moreno (Madrid, 1960), que acaba de publicar La historia secreta de las bombas de Palomares (Crítica), coincidiendo con el 50 aniversario del accidente nuclear, desmiente que aquel baño, como se ha pensado, fuese para demostrar que los turistas no corrían ningún peligro zambulléndose en las cálidas playas almerienses. “Esos años son cruciales para el desarrollo de la energía nuclear en España, tanto civil como militar, y al régimen no le interesaba tener a la opinión pública en contra”, explica Moreno sobre la gestión del accidente. “Franco desde el principio llegó a la conclusión de que el tema se tenía que resolver de la manera más discreta posible”, añade, “ya que consideraba que ganaba más colaborando con Estados Unidos”.

Moreno incide, asimismo, en que la cúpula del régimen estaba al tanto del tipo de maniobras que se estaban llevando a cabo y eran conscientes de los riesgos que suponía contar con bases militares norteamericanas en territorio español. “En 1953 Franco pidió a Estados Unidos que le informasen del riesgo que tenía España y ellos le respondieron que las bases de Torrejón y Zaragoza serían objetivos nucleares de la Unión Soviética en una primera oleada de ataques tras una conflagración militar”. Un dato que Moreno achaca al escaso armamento nuclear del que disponían los rusos en aquel momento, por lo que tenían que escoger bien dónde asestar los primeros golpes.



Pero la Guerra Fría llegó antes a la península Ibérica que la Tercera Guerra Mundial. La mañana del accidente nuclear, uno de los aviones que regresaba de la frontera soviética con Turquía (un bombardero que transportaba cuatro artefactos nucleares, 75 veces más destructivas que las de Hiroshima) colisionó con una nave nodriza que le debía suministrar el combustible necesario para llegar a la base Seymour Johnson, en Carolina del Norte. De las cuatro bombas, tres cayeron en tierra, contaminando más de 200 hectáreas; mientras que la cuarta lo hizo en el mar, lo que provocó un gran despliegue de 1.400 militares estadounidenses para intentar localizarlas. Con todo y eso, quien dio la clave para hallar el cuarto artefacto fue un pescador llamado Francisco Simó Orts (fallecido en 2003), que vio cómo caía en el mar mientras faenaba y pasó a la posteridad con el sobrenombre de Paco, el de la bomba.

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