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¿Desesperanza? No: desorientación

La crisis económica, ideológica y política se ha llevado por delante lo que parecía inmutable

2016-01-15 04:27:34

Los pensadores se debaten entre la demolición y atisbar algo nuevo

Francesc Arroyo Babelia, EL País, 11 ENE 2016  

Zygmunt Bauman habla de sociedad líquida; Daniel Innerarity se refiere al magma social como un flujo sin dirección reconocible, con un electorado fluido, voluble, impredecible; Manuel Cruz describe el presente con la palabra vértigo; Peter Mair prefiere “incertidumbre”; Josep Fontana sostiene que no sabemos cómo será el futuro, aunque nada volverá a ser como era; para Christian Laval y Pierre Dardot la crisis afecta a la propia noción de razón. Hay coincidencias: carecemos de elementos para orientarnos. La crisis es económica, pero alcanza a los valores, a las formas de vida. Para decirlo con Innerarity, la crisis es económica, ideológica y política: todo tiene que ser revisado. Otro asunto es que estemos en condiciones de hacerlo.

La Ilustración propuso valores con voluntad universal forjados durante dos siglos. Tras la Segunda Guerra Mundial la mayoría confiaba en que un mundo mejor era posible, señalan Fontana, Laval y Dardot. Esa esperanza quebró en los ochenta y se desmoronó casi por completo a partir de 2008. Pero la palabra clave no es desesperanza sino desorientación. Cambia lo que parecía inmutable. Los pensadores reparten su trabajo entre la demolición y la voluntad de atisbar algo nuevo. Mientras, se instalan en la provisionalidad. Como dice Innerarity, a mitad de camino entre un “ya no” y un “todavía no”. En una sociedad líquida, imprevisible. Un presente, sugiere Cruz, que “ya no queda adecuadamente descrito con los planteamientos heredados”.

Peter Mair percibe una crisis de la visión tradicional del tiempo. Coincide, en parte, con el filósofo italiano Giacomo Marramao. La falta de confianza en el progreso (un valor ilustrado que parecía inmutable) arruina el largo plazo. Eso es perceptible, cree Mair, en el cortoplacismo con el que actúan los partidos políticos. Mientras los físicos asumen las consecuencias de un tiempo no lineal, los hombres empiezan a acostumbrarse a un presente perpetuo carente de futuro. Sin horizonte.

En los movimientos de protesta que proliferan con el frío de la crisis predomina el rechazo. Tienen, dice Manuel Castells, la virtud de abrir el debate, sin terminar de formular una alternativa. Eso queda para los partidos. Pero, ¡ay!, también estos están en crisis porque las dudas afectan al sistema de representación. La democracia representativa se basa en que los representados confían en sus representantes y hoy los ciudadanos perciben y rechazan “la alianza entre la clase política y el poder financiero”. El resultado es la crisis (una más) de confianza y la exigencia de transparencia. Una demanda que, señala Byung-Chul Han, sólo muestra la desconfianza. “La transparencia que se exige a los políticos es cualquier cosa menos una demanda política. Sirve para escandalizar. No es la demanda de un ciudadano comprometido, sino de un espectador pasivo”, dice.

La confianza, limitada y revocable, escribe Innerarity, es la base de la democracia. Pero su esencia es que el Gobierno es siempre provisional y puede ser cambiado por quienes se le oponen. La democracia implica la oposición, es decir, que no hay un bien común. Otro valor ilustrado liquidado por la crisis. Si hubiera un bien común, bastaría con establecer en qué consiste para decidir. Para la derecha, apunta Innerarity, eso es cosa de “expertos”; la izquierda tiende a dar por buenas las aportaciones de la multitud. Pero no hay bien común: la política es armonización de conflictos, cesión y pacto. La democracia es pura insatisfacción frente al paraíso prometido. El vendaval ha barrido las referencias. “A lo largo del siglo pasado nos hemos dedicado a anunciar la muerte de casi todo: desfilaron por el tanatorio intelectual realidades tan dispares como las ideologías, Dios, el sujeto, las naciones, el progreso, la historia misma (…), la izquierda y la derecha”, dice Innerarity. Algún enterrador acostumbra a cerrar la necrológica confesando que él mismo no se encuentra demasiado bien en ese instante.

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–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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