Artículo publicado en Letras Libres con el título: «Un clásico demagogo», de Pablo Majluf. 14 de mayo de 2019

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Las multitudes lo adoraban pues sabía tocarles las fibras más sensibles, los miedos y anhelos. Pudo articular el cuento de que se vivía la peor de las épocas. Pese a múltiples advertencias, el pueblo lo eligió.

Encarnaba el arquetipo del disidente. Hizo su carrera política en la oposición. Desde esa trinchera construyó una imagen de outsider, del político no solo ajeno al establishment sino contrario a él. Repudiaba a la élite: la retrataba como una liga hermética de conservadores que veían por sus propios intereses a costa de los más desfavorecidos. Se asumía como un guardián virtuoso de la voluntad popular. Se ganó la confianza del pueblo, quien lo veía como uno de los suyos. Su lenguaje era correspondiente: empleaba un léxico tosco y rudo, pero coloquial y cercano. Las multitudes lo adoraban pues sabía tocarles las fibras más sensibles, los miedos y anhelos.

“Fue el primero que introdujo el abuso y el clamor en sus discursos […] Sus hábitos originaron la irresponsabilidad y el desprecio por el decoro que en poco tiempo arrojarían los asuntos públicos al caos.”

No era de la aristocracia tradicional, ni tampoco propiamente del pueblo. Provenía de una dichosa familia de comerciantes, lo que le permitió estar cerca del sistema político y vivir de él toda su vida pero aparentar lo contrario, es decir, ser élite pero parecer pueblo. Más aún: le permitió usar al pueblo como coartada en su propia ambición política. Aún así, no había logrado ser elegido: sus críticos lo habían contenido advirtiendo su peligro, dejándolo, tras algunos intentos infructuosos, a la sombra del poder, lo que involuntariamente le ayudó a fortalecer su imagen de máximo opositor al régimen.  

Hasta que una serie de circunstancias –entre ellas una guerra que le antecedía y que ofreció ganar, y la incompetencia de una oposición exigua– le sirvió para convencer al pueblo de que los políticos y los pensadores, esa casta a la que él no pertenecía, eran responsables de la debacle. A pesar de la creciente democracia y la gradual prosperidad, pudo articular el cuento de que se vivía la peor de las épocas, que los tiempos exigían un cambio radical, y que él, por supuesto, era ese cambio, pues a través de él, el verdadero pueblo gobernaría. Así, pese a múltiples advertencias, el pueblo lo eligió.

A su arribo al poder, sin embargo, no se dedicó tanto a gobernar ni a resolver los problemas que había denunciado cuanto que a azuzar aquella retórica que le había dado gran popularidad. Su principal arma era la polarización: ellos y nosotros, élite y pueblo, buenos y malos. Los sabios advertían que se trataba de una manipulación retórica para permanecer en campaña, pero él simplemente los metía en el saco de los enemigos, y así desestimaba hechos y diagnósticos, críticas y opiniones, en detrimento de la verdad. Construía con ligereza ficciones y realidades alternativas.  “La ignorancia unida a la mesura –dijo en un debate– es más ventajosa que el talento sin regla, [y] los hombres más mediocres por lo general gobiernan las ciudades mejor que los más inteligentes.”

La realidad, no obstante, era terca. La guerra que había prometido ganar no cedía y la violencia arreciaba. Como era previsible, a medida que el principio de realidad se imponía y que las falsas promesas no se cumplían, la demagogia se intensificó.  “Se ha establecido la costumbre” –dijo uno de sus adversarios– “de que los buenos consejos dados con franqueza no resultan menos sospechosos que los malos, de suerte que […] el orador que quiere hacer aprobar las peores propuestas seduzca al pueblo con el engaño…”

Hasta que la retórica se materializó –habitual desenlace. Para incrementar su poder, pidió al pueblo volverse sus ojos y oídos, pagándole para denunciar a sus detractores ante los tribunales: la sicofancia. Quien no estaba con él estaba en su contra, con lo que transformó a los hombres comunes en sus centinelas y a sus críticos en delincuentes.

En apenas unos años destruyó la armonía y casi la democracia. Jamás ganó la guerra. De hecho, tras su inesperada muerte en una batalla, se firmó la paz. Era Cleón de Atenas (m. 422 a. C.), el clásico demagogo, según los testimonios de Tucídides y Plutarco.

Cualquier semejanza con los demagogos actuales no es coincidencia: la demagogia precede al liberalismo y siempre ha tenido su propia agenda.

Como escribió Aristófanes en Los caballeros, su sátira sobre Cleón: “oh, demos, qué bello es tu imperio, todos te temen como a un tirano pero eres fácil de conducir; te gusta que te alaben y te mientan.”