art. de Fernando Savater para Jot Down Magazine, con el título ¿Por qué soy pesimista?. 4 de septiembre de 2018

La esperanza solo resulta una fuerza cuando todo es desesperado… La única razón para ser progresista es la tendencia al empeoramiento que hay en todas las cosas

K. Chesterton


Durante muchos años he tenido fama de optimista entre mis conocidos. Es más, he representado para ellos el prototipo mismo del optimista pur-sang… A mí no ha dejado de sorprenderme este equívoco, porque en mi opinión soy pesimista casi desde que salí de la niñez. Supongo que el malentendido se debe a que no es lo mismo ver un sentimiento, incluso una pasión, por dentro o desde fuera. El rey Lear, por ejemplo, estaba convencido de que sus hijas le adoraban… excepto la dulce Cordelia, capaz de hacerle reproches en público. Pero en realidad lo que sentía Cordelia por él, si no adoración, era sincero afecto, mientras que Gonerilda y Regania solo querían arrinconarle cuanto antes y heredar sus reales privilegios. Aunque quizá tampoco debamos tachar a estas de hipócritas, porque pudiera ser que lo que suele llamarse amor no sea más que una serie estereotipada de demostraciones externas, tal como quería Lear, y que por tanto resulte incompatible con las muestras de lealtad que daba Cordelia. En cambio, la severidad crítica puede ser el amor visto por fuera, irreconocible para Lear en el caso de Cordelia. De modo semejante, quizá lo que llamamos «optimismo» sea un conjunto de gestos y actitudes que correspondan dentro del sujeto a un sentimiento imprevisto, muy diferente. Quizá el pesimismo no sea más que el optimismo visto por dentro. Así creo que ocurre, al menos, en mi caso.

Por lo común, se considera optimista al que hace y pesimista al que no hace. Como yo he sido más bien una persona activa, se me ha tenido por optimista. Pero se ignora así que con frecuencia es el optimismo el que quita las ganas de hacer. Según nuestro Profeta local, los lirios del campo no hilan, ni tejen, ni se toman otras molestias laborales, porque saben que la Providencia divina vela por ellos. No puede haber optimismo teológico más desmesurado, sobre todo si uno no es lirio sino padre de familia con tres hijos a su cargo. Cuando empieza a arder la casa, el optimista espera que el fuego se extinga solo, que lleguen a punto los bomberos o que algún santo sople desde los cielos y apague las llamas. En cambio, el pesimista, convencido de que el fuego va a devorarlo todo y que ninguna ayuda terrena o sobrenatural nos salvará de él, se moviliza a pesar de su pereza, busca agua, da voces de alarma, se descuelga por la ventana, etc. Me dirán ustedes que también puede haber un pesimista quietista, convencido de que Dios o el destino han decretado el incendio y que por tanto es inútil luchar contra él. Pero ¿no es una forma de optimismo, la mayor de todas a mi entender, creer que hay un designio en lo que ocurre, que todo está escrito y ordenado, que por tanto debemos ponernos en manos del Agente cósmico que todo lo decide sin consultar nuestra voluntad?

Digámoslo de otro modo. Hay dos formas de pesimismo: el que no hace, sea por el quietismo antes mencionado, o sencillamente porque está convencido de que todo esfuerzo es inútil, y el que no espera, es decir, el que actúa dentro de nuestras capacidades limitadas convencido de que hay numerosos peligros que pueden evitarse y necesidades que pueden atenderse, aunque finalmente no hay seguridad perdurable ni satisfacción definitiva. El pesimista desesperado (el que no espera) sigue el ritmo impuesto por el cuerpo, que es optimista como cualquier máquina. Cuando al cuerpo con hambre se le alimenta, cuando obtiene satisfacción sexual el cuerpo excitado, cuando duerme por fin tras una larga vigilia, en su ingenuidad optimista de máquina siente que ha alcanzado la plenitud y que todo ya es como debe ser. Pero nosotros (nosotros/el alma o nosotros/la mente, como se prefiera) sabemos que bastarán pocas horas para que vuelva a acuciarnos el hambre, la necesidad erótica, el sueño, la enfermedad… hasta que a la postre una carencia o un trastorno acabe con nosotros. El pesimista no come esperando acabar para siempre con el hambre o no busca sexo para dar carpetazo definitivo a esa urgencia, sino para obtener un remanso momentáneo de equilibrio que nos permita apreciar brevemente cómo sería la vida sin el acicate de los deseos, la vida inimaginable, desencarnada… Y aunque el alma o la mente no es tan sencilla de contentar como el cuerpo, también sigue parámetros similares en lo que atañe a nuestro imaginario cuerpo social. Los objetivos son aquí colectivos, como acabar con tal o cual injusticia, derrocar la tiranía, conquistar al vecino o rechazar al invasor, obtener riquezas fabulosas (nunca mejor dicho, porque siempre pertenecen a la fábula), etc., aun sabiendo que todos esos logros son fugaces, sin importar que su fugacidad se mida en siglos. Nacemos rodeados de males y moriremos rodeados de males: lo único a lo que podemos aspirar es a que los males del final no sean idénticos a los del principio. El pesimista activo no se engaña respecto a lo que puede conseguir, pero la propia desdicha del mundo y su propia dignidad de ser finito le impulsan a conseguirlo.

Los estoicos de la Antigüedad (y otros modernos, como Spinoza, o como Schopenhauer en sus aforismos sobre el buen vivir que contradicen su metafísica) resumieron así esta actitud: «nec metu nec spe». Obrar sin temor ni esperanza, es decir, renunciando al soborno del futuro. Nuestros empeños en el mundo son siempre de corto alcance y provisionales, aunque nos ocupen diez años, cincuenta, la vida entera. Todo lo que logramos se nos parece en ser vulnerable y transitorio, pero también en mostrar coraje, belleza o sentido del deber. El pesimista no quietista, es decir, el que rechaza el suicidio como una tentación optimista (tal como señalaron, cada cual a su modo, Schopenhauer y Cioran), se aplica a descubrir y rentabilizar en su favor las posibilidades de la realidad, aun sabiendo que solo conseguirá transformar lo que es de un modo en algo que es de otro modo, pero que sigue siendo lo que es y no otra cosa. Solo el «caballero de la fe» de Kierkegaard o el creyente de Chestov en que la necesidad es solo relativamente necesaria frente a lo absolutamente necesario, o sea, la libertad divina, serían —lo digo así porque no sé si alguna vez existieron, si existen o pueden existir— optimistas de un modo metafísicamente triunfal.

Por tanto, he sido un pesimista activo durante toda mi vida, luchando por lo conveniente o placentero en el angosto contexto de mi existencia, sabiendo que lo conseguido serán triunfos efímeros o modestas derrotas, condenado en ambos casos a ser borrado por el tiempo como el nombre de aquel poeta que lo escribió en el agua. En cambio, nunca me he preocupado de evaluar si en el mundo que nos ha tocado y del que formamos parte el sufrimiento es mayor y más real que los placeres o al revés. Tengo mi opinión al respecto, claro, pero es solo una opinión subjetiva, sin datos suficientes para zanjar la cuestión. Por eso prefiero formularla con el tono ligero y humorístico del que fue maestro Heinrich Heine:

La Dicha es una chica fácil
y no le gusta quedarse en ningún sitio;
te aparta un mechón de la frente,
te besa con prisa y se echa a volar.
Doña Desdicha, por el contrario,
te estrecha amante y fiel contra su corazón,
dice que no tiene prisa alguna,
se te instala en la cama y se pone a hacer punto.

(Trad. Jesús Munárriz)