Jesús Gascón Bernal

Estaba leyendo el periódico mientras desayunaba, cuando noté que algo había caído en el interior de la taza. Con un poco de aprensión metí la cucharilla en la leche que me estaba tomando y saqué algo que parecía moverse. Sin saber bien lo que era, traté de tirarlo en el cubo de la basura pero vi que todavía estaba vivo y que parecía a punto de ahogarse.

Tenía la forma de un pequeño trozo de espagueti, con manchas negras que asemejaban letras. Sentí curiosidad. Lo llevé al fregadero envuelto en una servilleta, y lo lavé. Enseguida me di cuenta de que era una palabra que había cobrado vida y volumen. Comprobé la hoja del periódico que estaba leyendo y, efectivamente, en una línea de texto faltaba la palabra que ahora tenía en mis manos: “arteriosclerosis”. Una vez limpia parecía encontrase feliz acurrucada en la palma de mi mano.

Cuando volví a casa por la tarde, ya habían nacido algunas más; mejor habría que decir que se habían desprendido de la hoja papel, que ahora mostraba algunas líneas ininteligibles por su falta. En un par de días estaban por todas partes. Una vez limpias se esconden por los cajones, entre los zapatos de invierno, bajo la canastilla del pan, o saltando sobre los libros de las estanterías, un lugar que al parecer les gusta. Se mueven sin parar, como si tuvieran prisa. Ya me he acostumbrado a ellas. Me gusta, cuando vuelvo a casa, encontrarmelas jugando o cantando como niños pequeños.

El artículo ha perdido totalmente el sentido, si es que alguna vez lo tuvo, cuando las palabras han huido de las páginas. ¿Será porque trataba sobre el Brexit? Tal vez sea algún defecto, alguna anomalía como la araña de Spiderman, pero tampoco me preocupa demasiado. Pienso que quizá solo son palabras pesadas que se van desprendiendo del papel, o asustadas por haber perdido el significado de tanto mal uso, incluso palabras ignoradas que se han escapado aburridas de no servir para nada. Las cuido, las limpio, y aunque nunca las he visto comer siempre procuro dejar en la cocina un plato con leche, por si acaso. Cuando por la noche estoy en la cama se me acercan, tienen el tacto blando y suave, como el de los gatitos recien nacidos. Cuando descansan parecen luciérnagas en la oscuridad.

Esta mañana me he tragado una palabra sin darme cuenta: es esa manía que tienen de esconderse en cualquier lugar. Noté algo sólido en el Cola-cao, y me la tragué pensando que era un grumito. Me he comido a “economía”, pero bueno creo que hay algunas más. Tengo que reconocer que no sabía del todo mal: crujiente y dulce como un fruto seco.

Puede que sea una apreciación mía, pero al abrir el periódico de hoy, he visto también renglones de texto con espacios vacíos; tal vez sea un efecto contagioso, y esto solo sea el principio.

Estoy trabajando en el ordenador, y veo corretear algunas sobre el dorso de mi mano. Parecen jugar a simular que mueven mis dedos. Compruebo con asombro que están aprendiendo a construir frases.