Apenas tenemos tiempo para perder las horas en una frase trampa cuando nos han lanzado encima el siguiente conjunto de sintagmas. Nunca tuvimos más palabras y nunca les dimos menos sentido

Elisa Beni para eldiario.es 03/10/2018

Asistimos al ruido para provocar la furia. Enterrados en palabras. Asediados por significantes y ayunos de significados. Entretenidos por el pasatiempo no sólo del vacío sino de una actualidad que se desentiende del más mínimo esfuerzo por descubrir el juego de los que vomitan su verbo sobre nuestra credulidad.

Apenas tenemos tiempo para perder las horas en una frase trampa cuando nos han lanzado encima el siguiente conjunto de sintagmas que roemos como perros mientras los que nos echaron el cebo siguen contentos el camino que les hemos despejado. Así funciona ahora este mundo de la desmesura, la emoción y la vacuidad envuelta en el mayor derroche de sílabas por segundo nunca pronunciadas. Tras ellas, la nada, porque los significados, las respuestas, las verdades profundas se ocultan tras ese aire en forma de fonemas, tras esa mancha revestida de letra.

Baste poner los ejemplos del día. Los hay no cada hora sino cada instante. Torra pronuncia una frase. Torra ha dado un ultimátum. Corren los políticos de un signo a ponerse en fila para el canutazo en el que nos muestren el cataclismo. Brotan las alarmas de los deseosos, las elecciones se nos vienen encima. Sale el Gobierno a dejar clara su dignidad. La nada. Simples significantes cuyo significado se nos hurta. Torra sabe que no puede hacer caer al Gobierno porque el Gobierno puede prorrogar los Presupuestos. El Gobierno sabe que él lo sabe. Habla el uno para su clientela, para la que se le desmanda, esa que tiene que mantener la calma en la creencia de que todo sigue su andadura. Responden los otros para el auditorio, el que tiene que tener segura la firmeza frente a la escisión. Son frases. Las escaletas se suceden y las redes se inflaman. Afortunadamente, existe aún contexto no contenido en el ajado relato. Ese significado que fluye de forma subrepticia y precisamente por eso infinitamente más útil. Frases que a veces son sólo un entente en clave de mensajes recibidos, de certezas que no pretenden oírse.

O tenemos a la familia del dictador enredándonos en otro paquete de palabras que no tienen otro objeto que disuadir de una exhumación que ya ven inminente. Hablar de enterramiento en la catedral de la Almudena, y para mayor revuelco en la hojarasca pedir honores militares, es tanto como lanzar la advertencia de que el remedio puede ser peor que la enfermedad y sentarse a mirar cómo dedicamos horas y esfuerzos a enredarnos en la madeja de los reglamentos o los cánones. Debe ser divertido arrojar un despojo y sentarse a ver cómo el país se enfanga en él sin otro sentido más que ganar tiempo y llenar el espacio público con la idea de que Franco, ese tipo infame, sigue conservando en momia todas las prerrogativas que nos hemos tenido que ganar a pulso tras su muerte. La familia del asesino de libertades sabe que una democracia no puede rendir honores a un dictador. Palabras. Enredos. El vacío de la nada.

Y los predicados salidos de bocas falaces que se vuelven sagrados. La malévola ingenuidad de presentarnos las sucias grabaciones de Villarejo como una fuente de derecho consuetudinario. Las falsías que se enuncian en los mingitorios o más bien las bolas que se cuentan en los meaderos. Dime Juan de Mairena si alguien las ha analizado en su pura expresión gramática. Yo, Villarejo, que me grabo y que lo sé, afirmo que comí con el juez Garzón en agosto de 2008 para hablar de la Gürtel, oye, justo un día antes de que él abriera la causa. Dime, Mairena mío, si nadie se ha molestado en comprobar que Garzón abrió el Caso Gürtel el 6 de febrero de 2009. Otro año, otro mes. Deja… Porque significan: las palabras significan. Dime, viejo Aleixandre, si no lo hacen, ya, ¿qué nos queda? Y así, sin buscar más allá de un significante que abre revuelos y querellas y ruido, mucho ruido, nadie repara en quién dijo lo que dijo y quién lo desvela y cómo y para qué lo hace. Demasiado sentido. De nuevo la añagaza útil para embrollarnos sin reparar en que somos un altavoz perfecto que sólo suena con sentido para el destinatario que no aparece en cinta alguna, que es anónimo aún pero que debe saber que fue uno de los parlanchines del placer y que teme que su voz se oiga en todo el amplio éter. Ese que de seguro sí debe tener un poder concreto y real que pueda ser embridado por el temor.

Esos y otros profusos ejemplos.

Nunca tuvimos más palabras y nunca les dimos menos sentido. El espacio público despojado de trayectoria útil y de una dialéctica real, como si fuera posible reclamar proyectos sin que reste ya un ápice de sustancia sobre la que construir un destino bien sea común o siquiera destino.

Palabras hueras, vanas, vacías. Sintagmas vacuos, huecos, ilusorios.

Palabras dichas no para entendernos, sino para perdernos.