Un sociólogo singular como Max Weber concluyó, a partir de sus investigaciones sociales a principios del siglo XX, que la esencia de la política incorporaba una tensión permanente entre polos opuestos, y que se presentaba, en la mayoría de las ocasiones, como en las tragedias griegas: como una confrontación entre dos principios antagónicos, por lo que no hay posibilidad alguna para la combinación ni la síntesis entre ambos.

A propósito de la moción de censura que ha tenido lugar en el Congreso de Diputados, sobrevolando por la enorme cantidad y variedad de análisis que se han publicado en estos días de atrás, creo que es posible realizar una reflexión diferente, cultural y democráticamente constructiva, desde el pensamiento de Weber, analizando algunos de los posibles posicionamientos que se han podido dar ante la situación de corrupción creada por el partido que sustentaba la acción del anterior gobierno de nuestro país. Veamos.

Goya-Los desastres de la guerra nº 71- “Contra el bien general”

A veces, en la vida cotidiana se nos presentan dilemas de naturaleza dramática, y al tener que elegir, la respuesta produce necesariamente un desgarro emocional, relacional o, de manera más prosaica, una disfunción, sea cual fuere la solución dada. Weber estudió estos dilemas “trágicos”, aplicándolos sobre todo a las decisiones políticas, concluyendo que se daban fundamentalmente dos formas de acometer el problema, dos lógicas diferentes que conducen ineludiblemente a dos formas de acción distintas. Las denominó ética de los principios o convicciones y ética de la responsabilidad o de las consecuencias.

Por ética de los principios el sociólogo alemán entendía el tipo de conductas que se guían, desde el mismo origen, por principios morales, enraizados éstos en alguna tradición filosófica, política o religiosa. Por lo tanto, ante un dilema o una situación política divergente, la persona que usa esta lógica opta por seguir sus convicciones, sin pensar en ningún momento en el desenlace de su conducta, o, si lo piensa, asume el resultado, aunque pudiera ser perjudicial o contraproducente para su interés personal. Es el modo de ética que más prestigio tiene entre los jóvenes y los idealistas; sin embargo, su uso aparente o formal está muy extendido entre demagogos y oportunistas, que pretenden dotar de un cierto barniz ético a sus decisiones impopulares, en lugar de explicarlas desde las posibles consecuencias negativas en el largo plazo, como debería abordar todo político responsable.

Por el contrario, la ética de la responsabilidad piensa sobre todo en las consecuencias prácticas que se van a establecer o a sufrir como resultado de las decisiones tomadas. Es una lógica eminentemente práctica, sin que esto signifique que las personas que utilizan esta lógica no se guíen por principios; lo que ocurre es que, al desarrollar un proceso reflexivo más complejo, con más factores, los sujetos pueden (y deben) considerar los posibles resultados de la decisión (política), y, en su caso, tomar las decisiones con criterios ampliados, previendo así las posibles consecuencias dramáticas o perjudiciales para el bien común.

Si se asumiera un criterio de fidelidad a las convicciones propias (muchas veces relativas y contextuales), despreciando los posibles efectos, entonces podríamos convenir que el sujeto ha sido muy coherente pero con su decisión se ha causado mucho mal. José María Aznar, por ejemplo, optó por meternos en la guerra de Irak por sus convicciones personales de “lucha contra el mal” que representaba Sadam Hussein, convencido como estaba de que éste escondía armas de destrucción masiva. Esto nos recuerda la tesis de Hanna Arendt y la banalidad del mal.

La opción en exclusiva de la ética de los principios puede desembocar en un idealismo voluntarista, refractario al principio de realidad, que en determinadas ocasiones no resuelve los problemas reales a los que nos enfrentamos, prefiriendo escudarse en conceptos generales y abstractos que sirven como excusa para aferrarse, en esos casos, a su visión inoperante, moralista y defensiva. El uso único, el abuso, de la ética de la responsabilidad deriva en un posibilismo feroz, que acaba vendiendo “el alma al diablo” una y otra vez, con tal de asegurarse una victoria, aunque sea pírrica, y conduzca más tarde a posicionamientos guiados únicamente por objetivos de corto alcance o por intereses gregarios inconfesables, solo tacticismo. La ciudadanía está harta de comprobar, día a día, que decisiones gubernamentales de gran calado se toman pensando exclusivamente en el interés de unos pocos, “los de arriba”, pero se disfrazan estas decisiones con elevados conceptos identitarios, democráticos o morales. Pura usurpación, pura mentira, pura infamia.

Quizás lo realmente ideal y efectivo, en las situaciones duales o complejas que se presentan en la política, es saber decidir el ajuste de cada tipo de ética weberiana y su articulación, aunque en la práctica se comprueba lo complejo que resulta su engranaje, o incluso que, en determinadas ocasiones, su armonización es imposible. Por algo son dilemas.

Pues bien, en la decisión de la moción de censura, a mi modo de pensar, se ha producido un adecuado entrelazado entre las dos éticas. Aunque también hay que reconocer un posible tercer invitado al punto de encuentro: el aprovechamiento de la oportunidad electoral para el actual Presidente de Gobierno y su grupo político. Es legítimo en cualquier caso. Y, dada la situación de corrupción generalizada en nuestro país, pero también de insufrible desigualdad, de vaciamiento del Estado del Bienestar y de consolidación de unas formas poco democráticas en la vida social y política, la decisión de la moción de censura constituía un imperativo moral, un imperativo democrático, a la vez que un imperativo político para superar este estado antisocial, en el que se están desmantelando los derechos sociales y libertades, y que, además, deja sin esperanza a nuestros jóvenes. Aunque nos digan que hay recuperación económica… ¿a costa de qué? Además, en nuestra ciudad basta con caminar por cualquier barrio y darse cuenta de la inmensa cantidad de comercios que están cerrados.

Lo interesante es que, en los días que ha durado el desarrollo de pronunciamientos y explicaciones políticas (obviamente las que se han hecho públicas), se ha podido comprobar cómo se ha ido tejiendo un proceso que ha ido combinando la ética de los principios (morales y democráticos) y la ética de la responsabilidad (justicia social). Por eso me parece bien que el nuevo gobierno, apoyado por un buen número de partidos políticos y en contra de lo que opinaban algunos popes de su propio partido, se haya dado un periodo de tiempo para revertir las políticas más agresivas con los de “abajo” y más regresivas en cuanto a la calidad democrática. Por eso es preciso valorar la explicación que dieron algunos portavoces desde la tribuna parlamentaria, según la cual la decisión final constituía un deber moral, y por eso hay que reconocer el apoyo generoso, sin condiciones, que dieron otros grupos políticos.

Era una cuestión excepcional; la posición en la que había quedado el gobierno anterior, con la sentencia de la Gürtel, era muy tóxica para la democracia, de podredumbre política, que hubiese desprendido, en caso de no haberse ganado la moción de censura, un insoportable hedor de corrupción moral, política y humana. El mensaje dado hubiera sido muy grave para la ciudadanía: se normalizaba la corrupción; se hubiese abierto la puerta al todo vale en política. La degradación moral normalizada por un gobierno sostenido por un partido sentenciado por corrupción, hubiera contaminado la convivencia social, la confianza ciudadana en la democracia y en la política mucho más de lo que ya lo está. La solución que se ha dado permite respirar y tener esperanza en la posibilidad de regeneración.

Para finalizar, un aspecto que me parece fundamental, y que personalmente creo que pocos partidos le dan la importancia que tiene en el desarrollo de la política, es que la democracia es una construcción cotidiana que necesita pensamiento crítico y reconstrucción de valores, en los cuales el “factor educativo” de la ciudadanía debe ser considerado de forma permanente. Las estructuras conforman las conciencias, pero también el ejemplo en las actuaciones de nuestros representantes; la coherencia entre discursos y prácticas en la vida social y política; la responsabilidad en la toma de decisiones considerando a las mayorías sociales; y el respeto a los otros, a las minorías, a los que piensan diferente, a los que no hay que despreciar. El pluralismo es consustancial a la democracia y asumir esta cualidad es un desiderátum de la vida política. Vivimos un nuevo tiempo, quizás mucho más complejo, pero potencialmente con más oportunidades para profundizar y participar en la vida política, comprometida con los valores democráticos, con la justicia social y con el bien común.