Jesús Gascón Bernal

Me voy a la cama, y en la cabeza solo tengo la tarea de encontrar razones para seguir viviendo, cuando sobre la mesilla veo la pila de libros de la que cojo el de abajo; son los libros que últimamente he querido empezar a leer, pero siempre están en el mismo sitio manifestando su resistencia a ser leídos como el que he sacado que tiene las tapas amarillas: Tres novelas ejemplares, de Manuel Vázquez Montalbán; leo la portada donde viene el inicio de la primera historia del texto “J.W. Dardé o el profesor Dardé…” que me recuerda, no sé porqué, al inicio de la novela Los enamoramientos, de Javier Marías, y es que el pensamiento vagabundea por las amarillas tapas sedosas en cuyo diseño hay tres piezas de un puzzle, y detrás, en la contraportada, me entero como a Vázquez Montalbán le dieron en su día el premio Planeta y no sé cómo, me viene a la memoria cuando escribía en una columna de El País, después un periódico vendido a los poderes económicos, y como me solían gustar sus artículos, los de Montalbán quiero decir, pero siempre se suele morir la gente imprescindible, o quizá es que se mueren todos por igual y solo nos damos cuenta cuando lo hace la gente que apreciamos o que nos afecta, y no sé si ya tengo sueño pero sigo leyendo  “…las naranjas, el bacalao, el jamón…”  y es como si hubiesen regresado Pepe Carvalho y Biscúter de un viaje por Bangkok, en un mundo de referencias que se entrelazan, quizá con la somnolencia de mi mirada que resbala del libro y se fija en la sábana de la cama en la que hay todo un juego de florecillas bordadas entre las cuales trato de mantener la vista en una tan pequeña que quizá nunca nadie la haya visto antes, con el pensamiento puesto en la existencia de tantos orbes distintos que están ocultos como creo que ya decía Einstein al reflexionar sobre que solo conocemos el mundo de nuestros sentidos, pero que hay otros ignorados al igual que solo nos movemos entre el universo de los átomos y la vía láctea y que al final todo se reduce a la vibración de una cuerda que quizá la toca Dios o vete tu a saber que perturbado, probablemente el único aburrido habitante de la Nada, así que hago un esfuerzo en la somnolencia y trato de fijarme en el punto bordado más pequeño de color blanco que tiene el tamaño de la cabeza de una aguja el cual seguramente estará confeccionado a máquina aunque lo ignoro, y veo o imagino que en realidad ese punto esta formado por un volumen de finísimos hilos blancos dispuestos de forma paralela sobresaliendo sobre la urdimbre azul del tejido de la sábana, creando un espacio propio desconocido, donde me sobrecoge la inmensidad de lo minúsculo, y aunque me aturde este pensamiento trato de seguir con la lectura pero las letras parecen haber adquirido vida propia y no se están quietas, por lo que me cuesta enterarme de la historia de Dardé y de como sobre sus bicicletas algunas jóvenes veraneantes subían del río o llegaban de Camprodón…”  así que me acerco la página al ojo, y compruebo con el aumento del cristal de la gafa que cada una tiene una forma ligeramente desigual aunque quieran ser dos letras iguales, y las tramas de los finísimos puntos paralelos de la tinta sobre el papel manifiestan sus diferencias, y observadas de cerca tienen sus singularidades, como esta imperfección que veo ahora en el borde curvo de una “C” donde se ha juntado un poco la tinta, así que cada una es un mundo propio que ignoramos, como el punto bordado, y solo nos fijamos en ellas de forma superficial con la velocidad del lector atento solo al significado, que lee sin ver cada signo que en conjunto forman la galaxia de  los billones de letras impresas, que afortunadamente no parecen tener vida propia, salvo en este libro, donde ahora, ya no sé si es por el sueño, las vocales, más  inquietas que las consonantes, parecen querer formar nuevas palabras como las que ahora leo el sargento de la guardia civil se dormía…   y así otra vez a vueltas con los mundos sumergidos en otros, y estos en otros… hasta intuir el gran vacío en el que estamos, y antes de rendirme y dejar el libro de nuevo sobre la mesilla, siento la percepción de este vacío como un universo inexplorado, tal vez una razón para seguir mañana…