https://www.infolibre.es/noticias/opinion/columnas/2019/08/20/que_verano_no_haya_noticias_convierte_noticia_cosas_que_debieran_serlo_todo_ano_98032_1023.html

Que en verano no haya noticias convierte en noticia cosas que debieran serlo todo el año: la tragedia de la inmigración; el peligro en que se encuentra nuestro planeta debido al cambio climático; la muerte de un glaciar; los incendios; la cultura que va, como siempre, de escenario en escenario con sus poemas, sus canciones y sus tragicomedias; o que Brasil extradite a España a uno de los autores de la matanza de Atocha. Aunque en ese último caso haya una lectura preocupante: el asesino se fugó de una España donde existía Fuerza Nueva y ahora regresa a una donde existe Vox.

Las vacaciones invitan a poner entre paréntesis la realidad, y más aún cuando es tan repetitiva, plúmbea y agotadora como la que vivimos en un país que se mueve en círculos porque la política sólo entiende de líneas rectas, las que llevan al poder por cualquier camino, sea el que sea y de la mano de quien sea, como demuestran las tres patas para un banco que sustentan el centro-ultraderecha, ese aceitoso tres-en-uno con el que los conservadores quieren abrir la cerradura de la Moncloa.

Pero a veces el espacio libre que deja la pausa de la actividad parlamentaria –incluso en una nación sin Gobierno ni pinta de irlo a tener, dado que esta gente es como el asno de Buridán, que murió junto a un montón de hierba y un cubo de agua porque no pudo decidir si tenía hambre o sed–, se llena con otras informaciones que son un plano de lo que pasa y, sobre todo, de por qué y por culpa de quiénes pasa. Un buen ejemplo de eso lo encontramos en El País, en un artículo del periodista Antonio Maqueda, que explica de qué forma se mueve este tinglado o se deja de mover, cuando la inmovilidad da beneficios y sirve para que vuelva a tener más razón que un santo cualquiera que repita eso de que quien hace la ley hace la trampa.

En resumen, lo que venía a contar ese texto es cómo ante la presión insistente de la Unión Europea a España para que regulase su sistema de contratación pública, en cuyos edificios hay más enchufes que en la ferretería de un polígono, lo que hizo el Partido Popular fue montar una oficina casi sin presupuesto, casi sin personal y casi sin atribuciones reales, es decir, un espejismo; y lo que ha hecho el PSOE es seguir igual: su plantilla es de seis personas que, supuestamente, deberían supervisar una actividad que, según los datos de Hacienda, de quien depende el organismo, que por lo tanto carece de la independencia que aseguraría su ecuanimidad, supone ni más ni menos que el 13% del PIB. Vamos, que eso no lo gana ni un tesorero de la calle Génova.

Lo de llegar a los bancos azules del Congreso e inmediatamente empezar a colocar a los suyos, que lo pueden ser por razones de confianza o de interés, por repartir el pastel o para cocinarlo con garantías, es un clásico, pero el problema es que al ponerlo en práctica unos y otros se salten la ley y cometan un delito. Las adjudicaciones amañadas, en este terreno como en todos los demás, significan dos cosas: que no está garantizado que quien se lleva el puesto sea la persona más preparada, sino la que es más amiga de quien la coloca o más puede darle a cambio. Algo preocupante cuando entre las áreas de las que debería ocuparse ese órgano regulador están la sanidad, la justicia y la educación.

Es para echarse a llorar de risa que el Gobierno de Rajoy argumentase que, en cualquier caso, ya contamos con el Tribunal de Cuentas, al que sólo empata en ineficacia y falta de visión el Banco de España, ambos capaces de ver llegar un maremoto y confundirlo con un charco y ninguno de los dos famoso por haberse enterado alguna vez de algo, da igual si era una crisis económica catastrófica que un sistema de financiación irregular sostenido a lo largo de las campañas y las décadas. No son magos, son trileros; y no hacen milagros, hacen trampas.

Mal asunto y peor síntoma, porque deja entrever que continuamos en donde siempre y aquí las relaciones valen más que los méritos. Y también que si nuestros cargos públicos mienten más que hablan, nunca lo hacen tanto como cuando sale de sus bocas la palabra transparencia. Pero la democracia también consiste en eso, en cerrar de un portazo las puertas giratorias y en evitar que los ascensores sólo lleven hacia arriba a los propios, mientras para los extraños todas las escaleras son de bajada.