Cuando los cerebros emocional y racional quedan desconectados, anatómicamente o funcionalmente, los instintos y la emoción dirigen el comportamiento. La razón, casi ni aparece, pues uno de sus inconvenientes, su talón de Aquiles, es que necesita tiempo para imponerse y las circunstancias extremas no suelen otorgarlo.

En su libro Auschwitz: Los nazis y la solución final, el escritor y periodista británico Laurence Rees relata los sentimientos de un judío polaco, Toivi Blatt, que sobrevivió a su cautiverio en el campo de exterminio nazi de Sobibor. Nadie se conoce a sí mismo, decía Toivi Blatt. Todos podemos ser buenas o malas personas en diferentes situaciones. A veces, cuando alguien es realmente bueno conmigo, me descubro preguntándome cómo se habría comportado esa misma persona en Sobibor. No hay duda, las personas somos seres biológicos en un entorno natural y social y nuestra mente y comportamiento pueden cambiar drásticamente cuando lo hace ese entorno. Sobre todo, porque en lo más íntimo de nuestro ser hay un poderoso instinto de supervivencia que tiende a prevalecer sobre los intereses generados por la educación y la cultura. En una persona normal, los tres cerebros que tenemos, el de los instintos, el emocional y el racional, se influyen y complementan, regulando y adaptando el comportamiento a las diferentes circunstancias que afrontamos. Trabajan acopladamente y buscan siempre un equilibrio funcional. Pero, ¿qué pasaría si el cerebro racional de una persona quedase desconectado de su cerebro emocional? ¿Qué predominaría entonces en su comportamiento, la emoción o la razón?

La respuesta a esta intrigante cuestión la dio el azar mediante un accidente que tuvo lugar en Nueva Inglaterra (EE UU) en 1848. Phineas Gage, un joven de 25 años, era el diligente capataz de una brigada de obreros que construían una nueva línea de ferrocarril. De carácter serio y responsable, Phineas organizaba los trabajos y la convivencia entre sus compañeros, procurando que la obra progresase y que las cosas fuesen bien en todo momento. El 13 de septiembre, cuando él y otros compañeros perforaban una roca, se produjo una deflagración accidental. La barra de hierro con la que compactaban la pólvora introducida en una perforación salió disparada como una lanza alcanzando de lleno el rostro de Phineas. Le entró por su mejilla izquierda y le salió por la parte frontal de su cabeza destruyendo a su paso las neuronas de su corteza orbitofrontal, principal comunicación entre estructuras emocionales del cerebro, como la amígdala, y estructuras racionales, como la corteza prefrontal. La desconexión emoción-razón estaba pues servida. ¿Qué fue de Phineas?

Sus heridas sangraban y quedó conmocionado y confuso, pero no llegó a perder el conocimiento. Inmediatamente sus compañeros le atendieron y le llevaron al pueblo cercano donde el médico local poco más pudo hacer que limpiarle y vendarle esas heridas. Tendido en su cama, en los días que siguieron mostró algunas convulsiones y sollozos, gestos y expresiones verbales incoherentes. No murió. Poco a poco fue recuperándose, pero, sorprendentemente, su personalidad y su conducta quedaron profundamente alteradas para el resto de su vida. Cuando por fin pudo erguirse y salir nuevamente a la calle, su comportamiento era irreflexivo, nervioso e irresponsable. Gritaba y gesticulaba con frecuencia sin atender a razones. Exigía las cosas a gritos y expresaba con intensidad desmesurada cualquiera de sus emociones. Era grosero, maleducado y difícil de soportar. Su conducta irracional ya no conectaba con la de sus compañeros de trabajo y parecía sentirse mejor en compañía de los animales que de otras personas. Lógicamente, ya no pudo desempeñar un puesto de trabajo disciplinado y, tras ir de fracaso en fracaso por varios lugares, acabó de cuidador y domador de caballos en Argentina. De regreso a Estados Unidos, murió en San Francisco algunos años después del accidente. La lección de Phineas no puede ser más clara: si se produce la desconexión, la conducta emocional prevalece, pues la razón pierde su capacidad para controlarla y regularla.

Una desconexión cerebral como la de Phineas Gage no tiene por qué ocurrir en circunstancias normales, pero puede también producirse sin que haya ruptura traumática de las fibras nerviosas, es decir, de un modo exclusivamente funcional, especialmente en situaciones intensas o extremas, como la que tuvo lugar la noche del 14 de abril de 1912, cuando el transatlántico Titanic colisionó con un bloque de hielo y se hundió. Aunque no pudo evitarse la muerte de 1.517 personas, la trágica situación y el salvamento acontecieron con cierta racionalidad y respeto a las normas sociales impuestas por el sentido común y las autoridades del buque. La tensión no siempre llegó a extremos y, en buena medida y con algunas excepciones, la tripulación y los pasajeros se organizaron para poner a salvo primero a los más débiles, niños, mujeres, ancianos y enfermos, y después a los hombres jóvenes y adultos sanos, respetando incluso el estatus o clase social de los mismos.

Aunque menos conocido que el Titanic, entre otras cosas por la falta de referencia cinematográfica, tres años más tarde, el 7 de mayo de 1915, naufragó y se hundió otro transatlántico, el Lusitania, esta vez como consecuencia de la I Guerra Mundial, al ser torpedeado por un submarino alemán. Con el Lusitania perecieron 1.198 personas, entre ellas el compositor español Enrique Granados, pero esta vez el salvamento careció de racionalidad, pues los pasajeros de toda condición y categoría se precipitaron egoístamente a los botes salvavidas y solo los más fuertes o afortunados consiguieron sobrevivir. Sálvese quien pueda fue la norma imperante. ¿Por qué fue tan diferente el comportamiento de los pasajeros de uno y otro barco?

Un minucioso trabajo de investigadores suizos y australianos nos permite indagar en las causas. ¿Acaso los pasajeros del Titanic pertenecían a un colectivo humano con más educación, sentido común o racionalidad que los del Lusitania? No parece que esa sea la respuesta adecuada, pues como demuestra ese trabajo, ambos grupos humanos tenían un origen social y una composición demográfica similares. Salvo en su velocidad de navegación, en que el Lusitania era superior, los dos barcos eran también técnicamente similares, por lo que la diferencia tampoco resulta atribuible a las posibilidades prácticas del salvamento. De hecho, el número de botes salvavidas y la tasa de supervivencia (del 30%, aproximadamente) fueron similares en ambos barcos.

Sin negar que el ambiente de guerra del momento o el conocimiento del naufragio previo del Titanic pudieran también haber influido en el comportamiento del pasaje del Lusitania, la mejor explicación para ese comportamiento la encuentran los mencionados investigadores en la diferente duración de ambos naufragios. El Titanic se hundió lentamente, en 2 horas y 45 minutos. El Lusitania se hundió en tan solo 18 minutos. En el Titanic hubo tiempo para que las normas sociales se impusieran al miedo, es decir, para que la razón se impusiera a la emoción. La tasa de supervivencia en el Titanic fue mayor en los pasajeros de primera que en los de otras clases, pero no fue así en el Lusitania, donde los de primera tuvieron incluso peor destino que los de tercera clase o los que viajaban en la bodega. En el Lusitania la premura de tiempo hizo que el miedo y el instinto de supervivencia se impusieran al sentido común y a las normas sociales, es decir, allí la emoción se impuso a la razón. Predominó el comportamiento egoísta, sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.

Los ejemplos que acabamos de analizar son buena prueba de que cuando los cerebros emocional y racional quedan desconectados, anatómicamente como en el caso de Phineas Gage o funcionalmente como en el caso del Lusitania, predomina y se impone lo evolutivamente antiguo, lo más primitivo. Los instintos y la emoción dirigen entonces el comportamiento. La razón, casi ni aparece, pues uno de sus inconvenientes, su talón de Aquiles, es que necesita tiempo para imponerse y las circunstancias extremas no suelen otorgarlo. Aunque con mucha menos gravedad que en los casos anteriormente explicados, la desconexión funcional entre emoción y razón ocurre también con frecuencia y transitoriamente en la vida cotidiana. Son esas situaciones en que, desbordados por las circunstancias o alterados por el estrés, perdemos los nervios o reaccionamos a golpe de sentimiento ante la menor insinuación que nos ofenda. Es cuando la emoción, siempre más rápida que la razón, nos hace comportarnos de modos que después resultan inconvenientes y de los que más tarde tenemos que arrepentirnos.

Si todavía no le he convencido del poder de las emociones considere la situación siguiente, más prosaica que las anteriores. Cuando usted va a comprar un número de lotería de Navidad y le ofrecen el 54713 o el 00012, ¿Cuál elije? Apuesto a que el primero. Hasta puede que piense ¿el 00012? ¿Cómo va a salir ese número premiado con el Gordo? ¡Imposible, ese número ni ha salido ni saldrá nunca! El 54.713 sí que podría salir, pues está entre los posibles. Ahora en serio. ¿Es que la bola que hay en el bombo con el 00012 es mayor que la del 54.713 y por eso tiene menos probabilidad de salir por el agujero de la suerte? Por supuesto que no. Ambas bolas son idénticas y tienen exactamente la misma probabilidad de que sus números respectivos sean acreedores de cualquier premio, el Gordo incluido. Entonces, el rechazo del número 00012 ¿es una decisión racional o emocional? Respóndase usted mismo.

Para saber más: Morgado, I. (2010) Emociones e inteligencia social: Las claves para una alianza entre los sentimientos y la razón. Barcelona: Ariel.

*Ignacio Morgado Bernal Catedrático de Psicobiología en el Instituto de Neurociencia y la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona.