Publicado por Carlo Frabetti en Jot Down Magazine 25 de julio de 2020.

Imagen de la entrada: El jardín del amor, de Peter Paul Rubens.

Recondita armonia di bellezze diverse!En Tosca de Puccini

En 1630, a los cincuenta y tres años de edad, Rubens se casó en segundas nupcias con la jovencísima Hélène Fourment, que se convertiría en su modelo favorita. De los muchos y muy variados cuadros en los que aparece Hélène, hay uno que destaca por su singularidad, o más bien por su pluralidad: El jardín del amor, que Rubens pintó probablemente el mismo año de su boda y que se conserva en el Museo del Prado. El cuadro representa una típica escena bucólico-galante en la que un grupo de damas y caballeros se solazan, rodeados de amorcillos, en un ameno jardín. El caballero de la izquierda es el propio Rubens, y las siete damas representan a Hélène en distintas etapas del amor conyugal, desde la tímida indecisión del inicio (subrayada por el putto que la empuja por las posaderas) hasta la serena complacencia de la dama de la derecha. Esto hace que el cuadro no sea solo la «instantánea» de una escena idílica, sino también una representación diacrónica de la maduración del matrimonio: el cuadro, cuyo motivo central —o más bien axial— es inusualmente alargado, se recorre visualmente de izquierda a derecha, y al hacerlo, como cuando se lee un libro, se avanza en el tiempo hasta vislumbrar el futuro de los recién casados de la izquierda.

Pero, más que como un libro, la escena se puede leer como una partitura. Trazando una serie de paralelas a la base del cuadro convenientemente espaciadas, las cabezas de la séptuple dama se pueden encajar armoniosamente en un pentagrama, y esbozan una melodía que podría ser el comienzo de un concierto de Vivaldi.

No es infrecuente encontrar en las composiciones pictóricas pautas matemáticas que, a su vez, pueden sugerir armonías musicales. La proporción áurea aparece de forma recurrente en el arte clásico y renacentista, y su relación con la sucesión de Fibonacci indica que su origen está en la propia naturaleza, así como en las medidas del cuerpo humano. Aunque hace treinta años le dediqué una novela, no he estudiado a fondo la melodía oculta en el cuadro de Rubens (ni me consta que nadie lo haya hecho); pero es probable que remita a algún tipo de orden natural que artistas de distintas áreas podrían captar de forma inconsciente, por mera impregnación.

Ya en el siglo VI a. C., los pitagóricos observaron que las longitudes de las cuerdas y los cálamos correspondientes a las distintas notas musicales mostraban relaciones aritméticas sencillas, lo que los llevó a concluir que «todo es número». Era el inicio de un proceso que nos ha llevado, con la eclosión de la informática, a expresarlo todo —o casi todo— mediante ceros y unos. Y será precisamente esta capacidad reductora —que no reduccionista— de la digitalización lo que nos permitirá explorar en profundidad la recóndita armonía subyacente a las diversas formas de belleza.

Las células de la belleza

Una célula es una celdilla, un pequeño espacio acotado, un orgánulo elemental que forma parte de un organismo más amplio.

Los polígonos regulares —más el círculo como polígono de infinitos lados— son las más armoniosas formas de acotación del espacio bidimensional, y los cinco sólidos platónicos —más la esfera como poliedro de infinitas caras— son las más armoniosas formas de acotación del espacio tridimensional. Y estas celdillas elementales pueden agruparse para formar estructuras complejas e igualmente armoniosas.

De los infinitos polígonos regulares, el triángulo equilátero, el cuadrado y el hexágono regular comparten la propiedad, exclusiva de ellos tres, de poder recubrir el plano con infinitas repeticiones de una misma forma. Esto significa que podemos pavimentar un suelo con baldosas cuadradas, triangulares o hexagonales, pero no pentagonales o con cualquier otro número de lados (si las baldosas son todas regulares e iguales, se entiende). Y de los tres, el cuadrado es el más presente en los productos y manifestaciones de nuestra cultura (basta contemplar una hoja de papel cuadriculado para comprenderlo). Y lo mismo cabe decir del cubo si hablamos de los sólidos platónicos, y por la misma razón, que tiene que ver con lo que Le Corbusier expresa en su «Poema del ángulo recto»:

Erguido sobre el plano terrestre
de las cosas comprensibles,
contraes con la naturaleza
un pacto de solidaridad:
es el ángulo recto.

El binomio horizontal-vertical —y la ortogonalidad que define— preside todas nuestras actividades de seres grávidos, y por eso el cuadrado y el cubo son las formas geométricas regulares más «humanas» y recurrentes.

Y junto con el cuadrado, los demás rectángulos, por su fidelidad al «pacto con la naturaleza», también desempeñan un papel fundamental en nuestra cultura, tanto a nivel práctico como estético. Sobre todo, tres de ellos: el rectángulo áureo, el rectángulo raíz de dos (el de las hojas de papel formato DIN, que al demediarlas mantienen la misma proporción entre sus lados) y el dominó o tatami, cuyo lado mayor es el doble del menor, tan frecuente en baldosas y ladrillos.

Hasta qué punto y de qué manera estas y otras formas geométricas simples —que a su vez remiten a relaciones numéricas— determinan lo que percibimos como bello, es algo que aún no sabemos con certeza. Pero casi siempre que analizamos una obra de arte, sea pictórica, musical o arquitectónica, encontramos pautas simples y a menudo intercambiables, que pueden llevarnos de Rubens a Vivaldi o de Calícrates a LeonardoPlatón, en su búsqueda de la verdad y la belleza, lo tenía muy claro cuando mandó escribir en el frontispicio de la Academia: «Que no entre aquí quien no sepa geometría».