Foto del perfil de WhatsApp de José Luis Gutiérrez

Desde luego que la andanza que aquí cuento no resume la personalidad de José Luis Gutiérrez. Hacer tal cosa, por rica y polifacética, es cuestión enciclopédica que necesitaría de más de dos manos. No obstante, sí espero evocar al menos la gran pasión con que se acercaba a los monumentos. A sus queridas arquitecturas.

Mucha gente ha conocido su profunda labor de investigación a través de sus muchos escritos, le ha escuchado en conferencias durante décadas o, mejor si cabe, ha disfrutado visitando con él nuestro patrimonio -el de aquí y el de fuera, que todo es nuestro-. Algunos menos hemos tenido la inmensa fortuna de compartir con él la escritura, la labor de archivo o lo que él de veras disfrutaba y consideraba la parte fundamental de una investigación: el estudio detallado del propio edificio. Con esto no me refiero a hacer “una visita”. Quiero decir que prácticamente las piedras nos saludaban. Que si se ha de reptar para pasar al interior de un bajocubierta, pues se repta; que si una vez dentro se ha de andar sobre maderas podridas en busca de los restos de una armadura, pues se hace. Y así en muchas otras situaciones.

José Luis junto a la escultura que remata la portada occidental de la catedral. Está sacada un día de verano de 2012, en que nos colamos en las obras de restauración usando una escalera de varios metros. Pasarán décadas hasta que alguien pueda volver a estar allí (Raimundo Moreno)

Ahora me viene a la cabeza doña Amelia, la mujer al cargo de la iglesia de Espinosa de los Caballeros. Sólo su amabilidad, su paciencia y su cariño al templo permitieron que pasáramos allí horas una mañana en que -en principio- íbamos a hacer una visita breve. Comenzamos por la nave de la iglesia y, de pronto, nos dimos cuenta de que tras las yeserías del arco triunfal iba a haber capiteles románicos e íbamos a pedir que hiciesen catas. Después saltamos a las cubiertas de una nave al norte y allí estaba otra ventana románica. En fin, que nos vamos doña Amelia, que muchas gracias.

Ya fuera y con la llave echada, de repente recordamos una pequeña puerta a los pies de la nave central. Pues no hemos entrado ahí. Por favor, ábranos otra vez. Ya en el interior, a mover todos los trastos que impedían el paso, a abrir la pequeña puerta, y sí, más esculturas románicas. Y, además, fíjate, allí hay una pieza labrada. Volvemos a la torre y apareció un óculo medieval. Qué bien. Ahora ya sí que nos vamos, doña Amelia.

Al salir, justo tras volver a cerrar, otra vez: ¿Has visto esas molduras de la portada? Ahí va a haber arquivoltas y más capiteles. Vamos a echar un vistazo por el interior. Doña Amelia, aún con cosas por hacer y derrochando paciencia; vuelta a abrir. Pues es verdad. Que las restauradoras hagan catas aquí también -aparecieron más capiteles-.

Aún con esto, doña Amelia seguía sonriente. Sin embargo, de repente, la cambió la expresión cuando nos vio acercarnos a una imagen de la Virgen completamente vestida y con diadema. Nos acabábamos de acordar de que hacía más de cien años que Gómez-Moreno describió en Espinosa la presencia de una talla románica de María con el Niño de la que nunca más se había vuelto a saber. La cara de doña Amelia era de todo menos un poema cuando nos vio comenzar a desvestir a su Virgen. Eso sí, bajo las ropas y la diadema, una talla románica perdida.

Raimundo Moreno

Un recuerdo para José Luis Gutiérrez Robledo:

Cuando una persona a la que admiras, y que ha sido tu profesor, te ofrece su amistad, piensas que no lo mereces. Sin embargo, la generosidad de José Luis Gutiérrez hizo que compartir momentos de trabajo o de recreo constituyese un auténtico placer. Por traer unos recuerdos que conservo vívidos, no puedo dejar de evocar las experiencias que tuvimos a través del patrimonio, que él tanto amaba y protegió. No había capilla, torre o castillo del que no tuviera las llaves. Vivimos situaciones intrépidas e incluso arriesgadas, en las que muchos nos sorprendíamos de dónde habíamos logrado llegar. Por ejemplo, me subí con él por el tejado de la catedral de Ávila, vimos el trasaltar lleno de telarañas de San Vicente, estuvimos por los altos del castillo de Mombeltrán, de las murallas de Madrigal de las Altas Torres, etc. Pero nunca olvidaré el día en el que recorrimos los subterráneos del jardín del palacio de los duques de Alba en Piedrahita. Eran unos pasillos estrechos y oscuros en los que tuvimos que agacharnos para evitar que chocaran con nosotros multitud de murciélagos que volaron espantados por nuestra presencia. Ese día, cuando ya montamos en el autobús de regreso, una compañera notó algo extraño en la espalda y, al ahuecar el jersey, voló un despistado murciélago que se había acomodado al calor corporal.

Cristóbal Medina

 

José Luis y yo nos conocimos por casualidad en la calle, creo recordar que fue en la plaza de Nalvillos, en el otoño de 1976 -hace, por tanto, 43 años-. Me compró el periódico que otro compañero y yo vendíamos por la calle -el Mundo Obrero- y me comentó con sorna que los peceros éramos buena gente, un poco moderados, pero que, para Ávila, no estaba mal. Después pasaron años en los que cada uno seguimos nuestra trayectoria profesional. En 1982 apareció su primer libro, Las iglesias románicas de la ciudad de Ávila (con preciosa portada de su amigo Javier Paradinas) y a partir de ese momento fuimos tejiendo una amistad -enriquecida con la presencia de Ángel Barrios- que alentaría los trabajos que cada uno de nosotros desarrollaba, con frecuencia sobre temática abulense.

             A finales de la década de los 80 José Luis era Gerente de la Fundación Cultural Santa Teresa y yo director de la Escuela Universitaria de Educación de la USAL. Ambos compartíamos el compromiso de hacer lo posible para dinamizar el tejido cultural y productivo abulense y, fruto de esta sintonía, fue la instalación en la ciudad de los estudios universitarios de Turismo -con el apoyo de la Junta- y después de salvar numerosas dificultades e incomprensiones.

Aunque ambos dedicamos largos años a la gestión de la cultura y la educación, lo que más nos gustaba era investigar y transmitir a nuestros conciudadanos el fruto de nuestras averiguaciones a fin de hacerles más comprensible el pasado y más comprometidos con el avance hacia un mundo mejor.

Pepe y Lucre con sus amigos en Agosto de 2016 (Serafín de Tapia)

El buen rollo y la complicidad que había entre nosotros hizo posible que, incluso cuando tratábamos el mismo tema -ocurrió en nuestros sendos libros sobre las murallas de Ávila-, a mí me gustaba lo que él escribía y a él lo que yo publicaba. En varias ocasiones tratamos un asunto que siempre dejábamos para más adelante: teníamos que escribir al alimón un libro para el gran público sobre la historia de Ávila, de la ciudad de Ávila, pero desmontando tanta morralla y tanto cliché ideológico sobre “la ciudad de la santa”. Hablamos del título: Ávila heterodoxa, La otra Ávila… o algo así. Yo llegué a hacer unas fichas sobre posibles temas para incluir en esa publicación…

Pero éste, como tantos otros proyectos que Pepe podría haber animado, ya no podrá ver la luz…

Serafín de Tapia

 

Pepe Gutiérrez en la eternidad:

Tomé esta fotografía una fría mañana castellana de Marzo en 2013 en la que me topé por sorpresa con Rai Moreno, Richar Guerra y Pepe Gutiérrez, que venían como despendolados de sus cosas del Arte y la Historia por la plaza de la Villa de Arévalo. Debían de venir tan embriagados de lo suyo que me pareció que venían embriagados de lo otro por lo contentos que se les veía. Pero no, venían de “apatrullar” iglesias, cuyo efecto era parecido a juzgar por el cachondeo que se traían. Viéndoles de aquella manera, no pude menos que hacerles una foto para el recuerdo, que ahí queda (J. Francisco Fabián)

Veníamos del tanatorio el domingo por la mañana de dar el penúltimo adiós a Pepe (el último sería al día siguiente en el cementerio) y pensaba, mientras conducía despacio por la avenida de Portugal, que Pepe Gutiérrez estaba ya muerto, muerto ya para siempre, como se mueren los muertos, y sin embargo todo seguía en Ávila a esa hora como si no hubiera pasado nada. Al margen de la familia y los amigos, que sentíamos alterada nuestra vida en todos los sentidos desde el momento de conocer su muerte, la gente caminaba por las aceras sin prisa a tomar el aperitivo por ser domingo, una pareja se detenía para besarse en la parada del autobús, un señor mayor había sacado al perro, dos señoras muy arregladas parecía que venían de misa, dos matrimonios se encontraban en la calle y se paraban a hablar, tres chicas miraban un escaparate, los turistas llenaban la calle San Segundo tomando algo, en las casas habría gente preparando la comida, la estatua de la Santa se iba llenando de ramos de flores de los abulenses piadosos… en fin.  Pepe había dejado de existir ya para siempre (insisto en que eso es la muerte), pero todo seguía su curso como si nada. Creemos o por lo menos parece, que si te vas para siempre algo le va a pasar al mundo, pero no, te vas y todo sigue su curso de tal manera que si te dieran una segunda oportunidad y resucitaras, te ibas a llevar en cierto modo una sorpresa porque por morirte tú nada cambia.

Seguía conduciendo, metido de lleno en ese torbellino de reflexiones que devienen en estos casos y me preguntaba dónde va, qué pasa, dónde se queda toda la sabiduría que tiene una persona cuando esto se le acaba. Una parte queda en los escritos como un fósil, pero me refería a la otra, a esa que está en el sabio, que sirve para escribirlo y surge de improviso cuando alguien pregunta algo, cuando improvisas en medio de la calle a propósito de lo que sea o en medio de una cena en la que sale un tema… esas cosas que se dicen sin cuidar tanto las formas como cuando escribimos y que son el resultado de haber leído y estudiado, de haber visto y oído mucho, de haberlo retenido e interpretado para sí y para concederlo a los demás. Sabemos la respuesta a estas preguntas en realidad retóricas, pero nos las hacemos ante la impotencia de pensar que todo eso que disfrutábamos de alguien (de Pepe lo hicimos a raudales, a veces hasta las tantas de la noche en tertulias inolvidables) se pierde ya para siempre con la tontería de morirse. Te quedas con ganas de decir muy alto: ¡No hay derecho!, pero te va a dar igual, la protesta cae siempre en saco roto. Todo se pierde. Puede que quede algo escrito, pero la frescura del directo eso se va con el que la posee.

Y acercándome ya a casa quise imaginarme a Pepe llegando a La Eternidad, todavía con muchos gajes de su personalidad, con esa agitación sudorosa y ese nervio suyo, y saliéndole al encuentro, enterado ya de la llegada, su amigo Ángel Barrios, porque nadie mejor en estos casos que un paisano abulense como introductor.

—Bueno, ¿y que hay por Ávila, Pepe?

—Pues mucha sequía y poco más.

—Y por España, ¿qué tal?

—Con un aumento importante de la gilipollez, Ángel.

—Entonces no me digas nada del mundo…

—Uy!, el mundo… menuda pregunta me acabas de hacer.

—Bueno, ¿y aquí qué se hace por las mañanas y por las tardes?, ¿a qué hora se cena con los amigos?

—Esto es otro mundo, Pepe, hazte a la idea. Aquí no hay ni Gótico, ni Neoclasicismo, ni leches, ni hace falta cenar ni nada, pero se está con los amigos. De la Tierra olvídate.

—¡No me digas!

—Coño, Pepe que esto es la Nada, así que vete haciendo a la idea de que la cosa va de tranquilidad, de paz, de paraíso y demás. No te preocupes que el Gótico lo has dejado en buenas manos.

—Pues me va a costar eso, con lo movido que yo soy.

—Te advierto de que aquí te adaptas enseguida. Ya lo dijo Borges: «aquí se descansa de la triste costumbre de ser alguien y el peso del universo», que no es ninguna broma, compañero.

… Y desaparecieron los dos entre los vapores de una nube blanca donde se anunciaba en una especie de cartel de neón, que no era neón, pero se le parecía: Welcome to La Eternidad misma. De San Pedro, por cierto, ni rastro.

J. Francisco Fabián

 

A Pepe:

José Luis Gutiérrez con Rafael Manzano (Miguel Ángel Espí)

Desde el colegio, no quiero echar cuentas, me unió a Pepe una gran amistad. En todo este tiempo han sido muchísimas las experiencias y vivencias, tanto personales como las relacionadas con el mundo del arte: conversaciones, confidencias en paseos a orillas del Tormes, exposiciones, conferencias, cursos, viajes, colaboraciones, accesos imposibles para examinar las partes posteriores de retablos, incursiones a bóvedas y bajo cubiertas y un largo etc.

Un día, estando él inmerso en su proyecto “Memoria del Mudéjar en la Moraña”, me llamó para que, si me apetecía, le acompañara a ver el Palacio de los Sedeño en Arévalo. Le contesté, como diría mi suegro: “contigo a robar gallinas”. Llegamos al dicho Palacio. Examinamos su fachada y torre, pero nuestro mayor interés radicaba en su interior. ¿Cómo entrar? Por los accesos lógicos era imposible. Dada, de todos conocida, su obstinación pertinaz e intrepidez investigadora nos dirigimos al lateral derecho. Una tapia de unos dos metros de altura y adosadas a ella una silla y una mesa tambaleante de formica nos daba la posibilidad. Decidimos utilizarla para acceder al otro lado. “Tú sujeta la mesa y yo subo primero” me dice Pepe, le contesto “Vale”. Subido a la mesa se encarama a la tapia y salta. Oigo un golpe. ¡¡¡Pepe!!! ¿estás bien? grito. Me subo con precaución a la mesa, y cuando estoy arriba veo que ha caído sobre un montón de chatarra de electrodomésticos cubiertos de maleza. Una vez en el interior nos sacudimos un poco la suciedad y nos dirigimos a lo que quedaba del interior del Palacio. Examinamos con atención el interior de la fachada con sus vestigios y huellas de reformas e intervenciones sufridas. Hicimos unas fotos. Visto todo ello, queda la torre. Imposible acceder al interior a no ser por un vano a una altura imposible. Pero por unas borriquetas de andamio apoyadas bajo la abertura se le ocurrió internarse en la torre. ¡¡¡Pero Pepe cómo se te ocurre, nos podemos matar¡¡¡ “Nada, nada. Allá voy. Tú quédate abajo por si acaso” me dice. Vuelve entero y con su análisis hecho. Volvimos, con más cuidado, a la calle. Tomamos alguna nota y fotografías más de la fachada. Un café en la plaza y regresamos a casa. Como ésta otras muchas peripecias que tengo guardadas y revueltas en una gaveta de mi memoria, y que estos días me van fluyendo ordenadamente.

Gracias Pepe por todas ellas.

Miguel Ángel Espí

 

En recuerdo de un amigo, comprometido con la cultura y con su ciudad:

Hablando con la gente y distribuyendo en la plaza del Mercado Grande unas hojas volanderas que había escrito y “multicopiado” él mismo, con la intención de denunciar el disparate de derribar los edificios adosados a la muralla, en la calle San Segundo, así conocí yo a Pepe. Me acerqué a él para pedirle el texto escrito y que me explicara las razones para defender la permanencia de aquellos bloques de viviendas. No recuerdo exactamente de lo que hablamos (desde 1980 han pasado ya muchos años), pero me quedó grabado lo admirable de su acción por enfrentarse al poder de entonces solo con las ideas, pues quedaban todavía, sobre todo en ciudades pequeñas, conductas autoritarias en los representantes institucionales, justificadas además el profundo arraigo de una mentalidad cerrada y oscura.

Antes de separarnos, creo que con la intención de reconocerle su compromiso, le dije que tenía mucho valor y que me había hecho reflexionar sobre el significado del Patrimonio no monumental. Esta primera lección, que aprendí de su gran conocimiento, la conservo gratamente en mi recuerdo.

Pasó el tiempo y en una cena de amigos y conocidos para hablar de la ciudad (siempre comprometido con su querida Ávila) coincidimos. Fue en esa situación cuando le conocí como buen maestro de ceremonias, con mucho humor, y con una gran destreza para hacer grupo, hacer guiños y generar complicidades.

Fui consciente, desde aquel segundo encuentro, de su capacidad didáctica, de su despliegue de ironía (cualidades que ha mantenido toda la vida), que utilizaba con mucha habilidad y desparpajo para hacer coincidir un argumento técnico con una crítica inteligente, dirigida, sobre todo, contra los que ocupan sillones, pero ignoran el verdadero valor social (y no solo de erudición y prestigio) de la cultura y del Patrimonio.

Se nos ha ido una persona auténtica, un maestro, un amante de la vida y un buen amigo.

José Antonio Navarro

 

Cuando sabemos de la muerte de un amigo y nos planteamos que no volveremos a verlo, es curioso como los recuerdos de momentos compartidos aparecen de forma caprichosa y sin aparente relación con la importancia que pudieran tener en la vida de cada uno. Pepe Gutiérrez es (es duro decir ha sido) un amigo muy querido para todos en mi familia y se ha ganado esos títulos, amigo y querido, casi desde que llegamos a Ávila en los años 80 y lo conocimos.

Muy al principio, aceptaba con frecuencia una plaza en su coche, en sus viajes de ida o vuelta a Madrid para dar sus clases en la Complutense. También desde el principio nos ofreció y acogió en su casa (y fue mucho más que simbólico durante algún tiempo), nos presentó a sus amigos, que ahora son también los nuestros, y apadrinó y agasajó a nuestras hijas desde que nacieron, como hacía con los hijos de todos los familiares y amigos cercanos. Y finalmente fue el director de la tesis doctoral de mi marido, a caballo entre la historia y la arquitectura, y que cuadraba tan bien con esa esa cultura vasta, humanista y polifacética que definía al Catedrático José Luis Gutiérrez Robledo, aunque él siempre fue Pepe para nosotros.

Y después de tantos méritos, tantos encuentros, tantas jolgoriosas comidas y cenas, tantos actos académicos, tantas visitas a iglesias y catedrales, el recuerdo que me viene a la memoria desde que sé que Pepe ya no estará por aquí, es de uno de aquellos viajes Madrid-Ávila de hace tantos años y cuando todos éramos tan jóvenes.

Aquel día, como ocurría con frecuencia, éramos dos los que aprovechamos la oportunidad de viajar con él: “Truji” -por su apellido, Trujillano, no sé su nombre de pila- uno de los estudiantes que tutelaba por entonces y yo. Cuando nos encontramos en la puerta del centro donde daba clases ya se le veían los ojillos risueños y la mueca jocosa con los que Pepe anunciaba que tenía un sucedido divertido para contar. Nos pusimos en marcha y el relato se pospuso por el atasco y los temas pendientes entre su alumno y él, pero ya de noche y avanzado el camino le reclamamos la historia prometida y nos contó, con mucha guasa y sin ninguna gana de resumir, sobre la clase magistral que cada año daba un compañero de su centro, de probada devoción franquista, y que se titulaba algo parecido a “Prolegómenos, causas y consecuencias del Glorioso Alzamiento Nacional”. El coche se fue convirtiendo en una pura carcajada, a medida que iba desgranando la expectación que con los años había ido generando la atrabiliaria conferencia, que atraía a hordas de alumnos, incluso de otros centros y estudios, alucinados de que aún existieran “dinosaurios” con aquel discurso tan anacrónico; y sobre los problemas de espacio que generaba, que creo que en alguna ocasión hicieron que esa clase se impartiera en el salón de actos del centro. Y en un momento dado el propio Pepe se puso serio y dijo …” creo que nos hemos pasado la salida de Ávila, yo me sé el camino de memoria y esto no me suena…”. Lo cierto es que yo no había ido atenta, pero Truji contestó en seguida: “si nos lo hemos pasado haca un ratito, pero como ibas tan concentrado no he querido interrumpir…”.

El despiste podría haber enfadado a otro, pero no a Pepe. Si hasta ahí nos habíamos reído, a partir de entonces ya fue una carcajada continua hasta que llegamos a Ávila, vía Adanero y con algunos kilómetros de más, pero en este caso las bromas fueron a cargo de Pepe y cargando contra Truji, al que amenazaba, partido de la risa, con hacerle bajar e ir andando desde allí, o no volver a ser su tutor jamás, y otras lindezas que se le iban ocurriendo. Y así es como lo recuerdo… hasta siempre Pepe.

Flor Martínez

 

¿Por qué me cuesta tanto escribir unas líneas sobre ti?

Sobre José Luis, sobre Guti, sobre Pepe… Tal vez porque, como la Santísima Trinidad, eras varias personas en una. Puede ser… ¡Para tanto dabas!

El grupo de Ávila, de izquierda a derecha: JM Merino de Cáceres, JL Gutiérrez Robledo, F. Chueca Goitia y PJ Navascués Palacio (UNED 1998).

¿Te acuerdas? Al poco tiempo de llegar yo a Ávila, tu generosidad me acogió en tu casa (fue ella, porque tú casi siempre estabas fuera). Algunos días dormía en el estudio del bajocubierta, cuyas paredes no eran de ladrillos sino de libros. La librería lo llenaba todo. No había ningún hueco vacío sin ocupar; pero no eran libros de adorno. Cuando cogías uno siempre se veía que era un libro usado, con las huellas que deja el haberlos leído: las marcas, las anotaciones… En un rincón, una banqueta te servía para llegar a los estantes más altos, porque la verdad, aunque no esté bien decirlo, tu estatura física nunca alcanzó a tu estatura intelectual.

Tú eras de sentarte por la noche en el sillón de orejas, con el albornoz y un libro en la mano. Habías conseguido dejar el traje y la corbata que siempre te acompañaban durante el día, y allí, sencillamente, eras feliz. Luego llegaron los ordenadores y el sillón se vio relegado para alguna ocasión especial.  Las orejas dejaron de escuchar las historias que se escondían en los textos, y ahora, a través del ordenador sobre la mesa, entraba en tu mente el conocimiento de la nube. Creo que fue en ese momento cuando ya empezaste a tener la cabeza un poco más grande de lo habitual.

Siempre enseñabas, pero como sin pretenderlo. Igual tomando una caña que visitando una iglesia, y es que tu pasión pedagógica corría por tus venas y florecía a cada momento, al igual que tu sentido del humor. Ese don preciado no te abandonaba ni en las conferencias, ni en las clases… era como esa columna, que siempre corría gozosa al encuentro con los capiteles.

Tú has sido también alguien comprometido con esa sociedad dominada por la élite económica. Visitando un día el cementerio de Ávila comentabas como la ciudad de los vivos se reflejaba en la ciudad de los muertos. Las calles de las familias poderosas, los cuidados panteones de granito y acero inoxidable con aspecto de casoplón, ocupaban las calles principales frente a los barrios de los trabajadores situados en los muros de la periferia y las cunetas de tierra.  Y decías que Ávila no era solo la de la arquitectura de los palacios de sillares y escudos de piedra, sino también la de San Antonio o la del Teso, las humildes casas de ladrillo; aquella arquitectura del XIX que se describe en tu tesis. ¿Fue por eso que siempre te enamoró La Moraña y el mudéjar? ¿Por su modesta construcción y su impresionante arquitectura?

Has peleado. Has ganado batallas, y las has perdido también. Tus armas solo la sabiduría y el diálogo. No puedo evitar recordar ahora el derribo nocturno de la fábrica de algodón, o la destrucción del cementerio musulmán. Y hoy, Pepe, Ávila esta triste. No solo la de los caballeros y los leales sino la de todos aquellos que te han llegado a conocer. La verdad es que no consigo recordar (desde aquel imaginado vetón que le gustó aquella loma y construyó la primera casa) a alguien que haya hecho más por esta ciudad y que la haya defendido mejor que tú.

Una de las anécdotas que contabas de tu admirado Fernando Chueca, era que, postrado ya en cama de la enfermedad que pondría fin a su vida, todavía dictaba a su secretaria para poder finalizar el trabajo que se traían entre manos en aquel momento.

—La muerte, por favor, que espere un poco más. Tengo que acabar de escribir esto.

Y yo sé que ese final te hubiese gustado para ti, pero no ha podido ser. La mayoría de las veces las cosas no ocurren como deseas, tú mismo lo decías. La enfermedad te ha alejado durante los últimos tres meses de tu familia, de tu trabajo, de tus amigos…

Comprendo ahora por qué me cuesta tanto escribir de ti. Demasiado Pepe para tratar de incorporarte en un solo recuerdo. Te has ido, pero no muy lejos. Siempre vas a estar ahí, agarrado a Ávila entera, y a nosotros, los que nos alegramos de haberte podido conocer.

Jesús Gascón