Patricia Simón para lamarea.com  8 de agosto de 2020

Qué decir cuando las palabras ya no nos dicen nada,

cuando “un niño ahogado tras volcar su patera”

ya no nos hace ser niño, ni ahogarnos, ni hundirnos con él en el naufragio

ni ser madre que se sentirá morir el resto de sus días 

asfixiada por cada minuto de la condena de la vida salvada.

Para qué escribir “una mujer embarazada ha muerto bajo las bombas”

si las palabras también están heridas de muerte, 

si no tienen quien las haga carne, 

quien se deje hacer por ellas jirones, 

quien las convierta en grito, 

quien las abrace en el desconsuelo. 

Para qué seguir contando si de tanto contabilizar 

las cifras nos han vuelto burócratas del dolor

y las masacres no cuentan ni cuando son genocidio. 

Para que teclear masacre o genocidio si no cuentan. 

Urgiría resucitar las palabras, 

insuflar vida en los oyentes,

si al final no llegase un 

“Sinceramente, los muertos me dan igual”

que nos revelase que el problema no era de las palabras, 

ni de los que las escriben, 

ni de los que nos matan,

ni de los que sobreviven. 

El problema era, 

es,

que,

sinceramente, 

los muertos nos dan tan igual

como los vivos.