JESÚS GASCÓN BERNAL

Siguió caminando. La nieve envolvía cuanto le rodeaba. La ladera de la montaña resbalaba sobre el valle donde la serpiente plateada del río apenas era ya visible. La maleza verdeoscura del bosque de abetos se había vuelto blanca.

Hacía frío. A lo lejos trataba de localizar por el humo de la chimenea, que ya casi no lograba divisar, el refugio de donde había partido hacía un par de horas. En su interior, en torno al fuego, seguirían sus amigos, algunos todavía discutiendo sobre el estado de la crisis y los cambios en el gobierno; algún otro leyendo un libro, o las instrucciones de la nueva cámara de fotos, o quizá consultando sus móviles de última generación para enterarse de los acontecimientos del mundo exterior; en realidad haciendo las mismas actividades cotidianas que solían, pero en un entorno diferente; entretenidos en todas aquellas pequeñas cosas que quizá habían dejado por hacer, y que ahora les permitía el tiempo muerto del fin de semana en el refugio.

No conocía el camino. La urgente necesidad de alejarse de aquel lugar tan lleno y tan vacío a la vez, le había hecho emprender el paseo por un paraje prácticamente desconocido, cuya belleza le resultaba arrebatadora. Llegó hasta los primeros grupos de árboles y se introdujo en la espesura helada del bosque. Allí todo era diferente; era un mundo encerrado en la penumbra de la vegetación y el silencio. Pensó en todo lo que dejaba atrás. No era solo a un grupo de amigos, sino que se alejaba en realidad de su vida anterior con la que tan poco se identificaba en ese momento. Tenía necesidad de andar, de poner distancia, de separarse de lo conocido, y, a medida que lo hacía sentía, una percepción distinta de cuanto le rodeaba. El desconocido paisaje le hablaba de la existencia de un mundo nuevo, sin mentiras ni rutinas, perfecta geometría pura de nieve.

Frente al pequeño riachuelo goteante del deshielo sintió que lo llamaba la poderosa voz del silencio; el inhóspito bosque helado lo iba envolviendo, mientras el cansancio y el frío iban desapareciendo paulatinamente al igual que el mundo que había abandonado.  Entorno los ojos suavemente; no le hacía falta ver, para sentir el regazo materno que lo acogía en la sombra de la blanca espesura.

Por un instante comprendió que el verdadero refugio no era la cabaña de madera de donde venía sino el lugar donde ahora se encontraba. No sabía si estaba en el interior de un bosque lunar o dentro de su propio corazón al descubierto. Sentía por primera vez, desde hacía mucho tiempo, una calidez mayor que la producida por el fuego de cualquier chimenea. Se sentó. Quizá había llegado a su destino. Y se dejó llevar.

A su alrededor la atmósfera desparramaba cataratas de copos silenciosos, una envoltura flotante que lo mantenía al resguardo del frío y de los hombres.