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Era desconcertante. Podía saberlo todo, menos eso. Perdió por tal razón el conocimiento. Pasó -después- a experimentar un angustioso estado de inseguridad. Era duro reconocer que un tipo como él estuviese atrapado de un modo tan abstracto. Sobre todo por un mero cabo suelto transformado en una nimiedad crucial. Por un hecho, al fin y al cabo, que provocaría un derramamiento de incertidumbre y azar total. Para evitarlo siempre había tomado las precauciones necesarias. Pagaba el caro precio de la incomunicación, la soledad y el aislamiento. Cuando desconfiaba de algo o de alguien, lo que sucedía en contadas ocasiones, lo hacía por razones de seguridad personal. Dado que su actividad consistía en perseguir información, era de lo más natural procurar que dicha información no acabara persiguiéndole finalmente a él. En su círculo profesional, nunca jamás contempló -y por  tanto, comprendió- la traición. Comprobó el auricular del teléfono. No había nada. Buscó en las estanterías, las rejillas de ventilación y los marcos de las puertas. Nada. Consideró la posibilidad de que algún objeto de decoración pudiera esconderlo. Tampoco. Desencajó y levantó las lamas del parqué. No. En un acceso de enajenación, lo rasgó finalmente todo, salvo su alma. Y acabó mentalmente desnudo, mentalmente vencido.

Autor: Desconocido, colaborador de la revista de economía crítica «El captor»