Jesús Gascón Bernal

Llevaba ya varias semanas yendo al psicólogo. Al parecer curaba el estrés y los trastornos emocionales mediante risoterapia, pero yo, después de varias sesiones, todavía no había conseguido reírme. Él en cambio no hacía otra cosa; claro que con los cien euros que me cobraba por sesión no me extrañaba.

El último día me dijo que un hombre era como una mesa, en mi caso una mesa con cuatro patas.

La primera pata que me sostenía, aunque al parecer el orden no importaba, era la relación con mi pareja. Ahí pensé, bueno, de momento es algo sólido, la relación no es mala.

La segunda pata era la salud, y ahí ya empecé a dudar.

La tercera, la relación con mi familia; de esa pata cojeaba seguro ante la falta de comunicación con mis hijos adolescentes

Pero cuando me dijo que la cuarta pata era el trabajo me vi de repente en el suelo, ¡tal como estaban las cosas con la crisis!

—¿No hay posibilidad de alguna pata extra, como por ejemplo los amigos?  —le pregunté un tanto ingenuamente.

—No, solo hay otra pata, la más poderosa, la que se basta ella sola para sostener toda la mesa. Está colgada del cielo y es la fe; pero como tú eres un ateo impenitente no creo que puedas usarla.

Se descojonaba de risa. Estaba listo si creía que iba a pagarle aquella sesión, que más parecía un montaje de Ikea.

No dejaba de reírse, quizá de la cara que se me había quedado. Ahora comprendía el crucifijo que tenía en el despacho sobre la fotografía de la orla. Pero aquel día venía preparado. Saqué un libro de la cartera.

—Es un regalo —le dije

—Gracias. No tenías que haberte molestado —Lo cogió y leyó el título: «La muerte del psicólogo».

Me miró; no parecía haberle hecho gracia. ¡Él que estaba siempre tan risueño!

—Tengo otra cosita más.

Saqué una caja de cartón negra. La abrí. Dentro había una hermosa navaja.

—Los cazadores la llaman la desolladora.

Se quedó paralizado. Yo creo que nunca había visto nada tan bonito; estaba sentado a mi lado, y se la acerque al cuello. Se había quedado sin habla.

—No, por favor

—Bueno, si no quieres.

Le di un mordisco a la hoja de chocolate. Ya le había dicho que yo era pastelero, pero con lo que se reía nunca me hacía caso.

Vi que se había meado en los pantalones. Me empecé a reir. ¡Por fin me estaba haciendo efecto la terapia!.