Foto JR San Sebastian Aller

 

Inspiró y se lanzó al vacío. Adoptó la posición vertical invertida para caer con mayor velocidad y enseguida lo vio a su lado. Parecía estar esperándola abriendo los brazos para retardar la caída. Se dieron una de las manos enguantadas. Los primeros momentos de caída libre le producían siempre la sensación paradójica de una quietud extrema, como si nada se moviera; tan solo, de vez en cuando, una nube cruzaba vertiginosa a su lado y le sacaba del éxtasis. La fuerza del aire contra su cuerpo le hacía vibrar; sentía la tela de su traje de salto deformada por la fuerza brutal de la caída. La adrenalina disparada. El altímetro marcaba 4.100 metros.

A Mario le gustaba escalar, el vértigo de la altura. Hacía funambulismo poniendo una cuerda tensa entre los troncos de dos árboles y ella le acompañaba para verlo caminar sobre el aire. Eran compañeros de estudios de la facultad, pero se conocían ya desde niños; ellos, entre risas, decían que estaban destinados a ser amigos para siempre, como en la canción. Tal vez anhelaban ser algo más que amigos, pero ese “algo” no llegó hasta aquel mismo verano en que se descubrieron el uno en el otro. Aquella noche, tras su primer descenso,  se acostaron juntos en la cabaña que habían alquilado. A través de la ventana, la noche en calma penetraba en la habitación con olor a romero. La aceleración del salto de aquella tarde se sobrepuso por la noche al deseo de dos amantes inexpertos.

Estaba ya a 3.800 m. Volar sin alas. Descenso místico donde pierde importancia estar muerto o vivo. El suelo todavía no se divisaba oculto por las nubes. Ahora los dos bailaban en el aire con las manos juntas y mirándose a los ojos en el vértigo de la caída; en su cabeza la música del Pequeño Vals Vienés de Leonard Cohen. En el aire formaban una extraña pareja. Allí ella le doblaba la edad; a veces pensaba que la velocidad de la caída produciría pequeñas arrugas sobre la piel de su cara, que tal vez a él no le gustaran. Los cuerpos se acomodaban para igualar la velocidad en el descenso. Mario sonreía mientras ella temblaba. Tocó nerviosa la anilla para ver si estaba en su sitio.

Ella siempre había querido tirarse en paracaídas, pero no se había atrevido hasta que conoció a Mario. Desde aquella primera vez, el saltar juntos lo habían asociado, sin pretenderlo, a hacer el amor. Ambos vivían con sus padres, pero los días que practicaban paracaidismo, alquilaban una pequeña cabaña rural cerca del aeródromo, a una hora de la ciudad en la que vivían… Si en cada salto los pensamientos y las emociones parecían desbocados, ese sentimiento lo prolongaban por las noches entre abrazos adolescentes.

3.000 m. De vez en cuando atravesaban grupos de nubes. Hoy el aire olía a humedad. En el momento en que se unían en el descenso, era como si nada importara en esos segundos de desconexión con el mundo real. Era un reto aguardar hasta el último instante que señalaba el altímetro; apurar el tiempo al máximo, antes de abrir. En la vertiginosa caída al salir de una nube, un pájaro volando atravesó limpiamente el cuerpo de Mario. No hubo ningún impacto. Él se había convertido en un remolino de hojas, pero seguía sonriendo. La realidad se impuso como un hachazo partiendo la atmósfera en dos. ¡¡Él ya estaba muerto!!… ¿pero acaso no llevaba ya veinte años muerto? Abrió los ojos a la realidad y vio que era solo su espíritu el que le había dado la mano en el momento del salto. Se sintió sola… y el altímetro mientras tanto descendía tan rápidamente como su cuerpo.

Fue en su octavo salto, cuando el sistema de apertura automático de Mario no se abrió, y para cuando quiso abrir el de reserva ya estaba demasiado cerca del suelo. Algo falló. Tal vez se demoró tratando de ver que le pasaba al paracaídas principal y no accionó a tiempo el secundario, o simplemente algo le pasó por la cabeza que le hizo tomar esa decisión. Nunca lo llegaría a saber. Nada pudo hacer ella mientras contemplaba como se precipitaba contra el suelo sin poder ayudarlo. Era otoño, y el suelo estaba cubierto de hojas. Su sangre empapó la tierra roja de una viña. .¿Cómo vivir ya sin él?

900 m. Era ya el último instante para poder abrir. Al salir de la nube vio el suelo aterrador a menos de quinientos metros. Estaba al límite. Llevó su mano a la anilla, pero no tiró de ella. El suelo estaba muy cerca, sin embargo, ya no sintió miedo

Ella había vivido muchos años después de perder a Mario, al que todavía amaba, preguntándose si le podía haber ayudado aquel fatídico día, si podía haber hecho algo en ese instante de indecisión. Pero no fue por acabar con su vida por lo que no tiró de la anilla. En realidad, ella también estaba ya muerta; había muerto veinte años más tarde que Mario, en un estúpido accidente de coche.

Dos veces al año repetían aquellos momentos en los que habían quedado unidos para siempre. Eran dos espíritus libres, dos cuerpos ingrávidos como le gustaba decir a Mario cuando se amaban de nuevo por las noches.