Jesús Gascón Bernal

Lo nuestro no era de pensar el futuro ni siquiera de mucho hablar, más bien de caminar simplemente cogidos de la mano. Y, sin embargo, a veces intentábamos cambiar el mundo como si en ello nos fuese la vida.

Vivíamos en torno a una taza de café, y a la vez nos faltaba universo; siempre perdiéndonos sin intentar buscar la salida.

Vivíamos en lo que nos parecía verdadero. Días de libros y cañas, de caminar entre los árboles del parque, días de risas y deseo.

Lo nuestro era también sexo; sexo de pieles sudorosas donde nos quedábamos pegados, donde nos perdíamos para descubrir al otro, donde tú me veías llegar y yo te esperaba. Piel contra piel; igualando la temperatura de nuestros cuerpos.

Solíamos ir al cine, y a veces tú te quedabas dormida. Yo te decía que esa era la forma de saber si era una buena película: si enseguida te dormías.

Todo lo que teníamos cabía en una mochila, quizá por eso viajábamos con ella a todas partes.

Tú siempre querías viajar, yo quedarme contigo en casa. Tú leías y yo escribía.

Construimos nuestro mundo a base de cigarrillos, de lecturas y de sexo lento. El billete de metro encontrado entre las hojas de un libro siempre me llevaba a ti.

Tus poemas y mis canciones. Juntos y a la vez libres.

Usábamos la boca más para besarnos que para hablar, pero al final tuvimos que hacerlo.

Habitábamos en la Isla Misteriosa de Julio Verne, aislados de la realidad, sin saber que la isla navegaba a la deriva.

El presente y el futuro sin ti han perdido la batalla frente al pasado, frente a nosotros.

Tú y yo no éramos de creer en nada, pero nos creímos todo. No fuimos nada, pero sin darnos cuenta lo fuimos todo.

Te quise para siempre y solo te tuve seis meses.