Por Joan Coscubiela para eldiario.es


Sabemos de la existencia de los ciclos económicos desde mucho antes que la economía fuera considerada una ciencia -social, por cierto-. Baste recordar  el pasaje bíblico del sueño del Faraón de las siete vacas gordas y las siete flacas.

La Gran Recesión sufrida estos años nos ha recordado de manera brusca que los ciclos económicos no han desaparecido, a pesar de las afirmaciones teológicas de los apóstoles del mercado y de su perfección.

Los ciclos, no solo los económicos, son inherentes a la humanidad, como lo es la periodicidad con la que se suceden épocas de equilibrio con otras en las que la Hybris de los clásicos y la desmesura que la acompaña se apodera de nosotros.

Algunos de estos equilibrios han sido básicos en nuestra evolución como seres humanos. Quizás el más determinante de todos es el que mantenemos -o no- entre competitividad y cooperación. Y el alto precio que pagamos en términos de injusticia y de ineficiencia cuando este equilibrio se rompe.

La competitividad, adorada en las últimas décadas como el gran dios de una sociedad convertida en mercado, está sobrevalorada. Hasta el punto de hacernos olvidar que aquello que nos permitió evolucionar de la condición de primates a la de humanos fueron las actitudes y estrategias de cooperación.

Otro de los grandes equilibrios que el ser humano persigue desde la noche de los tiempos es entre libertad e igualdad, entre igualdad y libertad. Objetivos que cuando se plantean como contrapuestos, suelen comportar un alto coste en vidas humanas, miserias y sufrimiento. Por eso una renovada utopía sería la del igualitarismo liberal o liberalismo igualitario, que nos aleje del riesgo de distopía que conlleva romper el equilibrio entre justicia y libertad.

A lo largo de la historia los momentos de progreso han venido de la mano del equilibrio entre estos valores y objetivos, a los que nos aproximamos cuando los humanos conseguimos construir estructuras sociales con capacidad de gobernar los cambios que llegan de la mano de las grandes innovaciones tecnológicas y su impacto en la sociedad.

Esta capacidad de gobierno es relativa y se valora siempre con los parámetros de cada época que, en algunos casos con el paso del tiempo, nos resultan del todo rechazables, por ejemplo la limitación en el acceso a los derechos políticos, que en su momento se restringieron a los propietarios o más tarde solo a los hombres – excluyendo a las mujeres, o sea la mitad de la humanidad-. Ello nos permite intuir que en un futuro cercano nos resultará incomprensible que hoy se restrinjan los derechos políticos a los nacionales de un Estado, negándoselos al resto de ciudadanos, cuando vivimos en un mundo global con sociedades constituidas en buena parte por ciudadanos no nacionales.

En contraposición los momentos de desequilibrio se instalan entre nosotros cuando los cambios tecnológicos convierten las estructuras sociales en obsoletas para cumplir su función de gobernar las sociedades. Hoy asistimos a una de estas etapas históricas con efectos brutales en términos de desmesura y desequilibrios. Quizás porque la profundidad de los cambios, la velocidad a la que se producen y su dimensión global están generando más desconcierto, perplejidad, inseguridad y miedo del que nosotros y las estructuras sociales que hemos creado en los dos últimos siglos somos capaces de soportar.

Recuperar la mesura, huir de la Hybris, deviene vital. Y entre los muchos equilibrios que necesitamos recuperar nos encontramos con viejos conocidos: en relación al modelo de sociedad entre libertad e igualdad; en relación a las estrategias para conseguirlo y a la manera de relacionarnos como personas y como grupos, entre competitividad y cooperación; y también en relación a la manera de mirar, leer, interpretar y comprender la realidad, en la que la pugna entre simplicidad y complejidad deviene clave.

La complejidad nos protege de la tentación de apostar por soluciones mágicas, fáciles y únicas a problemas cada vez más complejos. Bajando al terreno de lo cotidiano la complejidad nos permite combatir el determinismo de la tecnocracia –la verdad indiscutible de las soluciones técnicas que se presentan como ideológicamente eunucas–. También nos permite huir del simplismo de las respuestas fáciles del populismo, en todas sus facetas, orientaciones y variables.

La complejidad no lo tiene fácil y menos en momentos de gran desconcierto y perplejidad. Cuanto más perdidos estamos, los humanos, más necesidad tenemos de respuestas fáciles y simples. Quizás eso es lo que explique la construcción humana de las religiones y su traslación posterior al terreno de las ideologías y el espejismo de las soluciones sistémicas.

La complejidad nos permite entender que todos y cada uno de los problemas y los conflictos pueden tener muchas miradas, no solo una. Y nos lleva también a asumir que no es creíble que alguien tenga toda la razón y los otros ninguna.

La complejidad incentiva la duda que ha sido y es una gran aliada de los avances científicos y sociales y al mismo tiempo actúa como antídoto ante la certeza de los dogmas y las actitudes inquisitoriales, tan en boga en estos tiempos.

La complejidad nos permite alejarnos de la tentación muy actual a dejarse arrastrar por el zoroastrismo y su visión del mundo organizada entre la verdad y la mentira, la bondad y la maldad.

En este sentido la complejidad nos ofrece mecanismos de defensa como sociedad frente a las estrategias de desinformación que se practican desde el poder (cualquier poder) y su difusión masiva. La complejidad, en la medida que ayuda a dudar, nos hace más fuertes frente a las trampas de la manipulación organizada.

La complejidad abre la puerta al diálogo, al consenso y al pacto que tan mala fama han cosechado últimamente. Mientras la simplicidad dificulta, cuando no impide, que las respuestas sean fruto del diálogo y del acuerdo y nos arrastra hacia un final en el que una parte intenta la victoria frente a la parte contraria, a la que se pretende derrotada. Una salida pactada siempre es más fuerte y duradera que una impuesta de uno sobre el otro.

Por último la complejidad nos permite aliviar algunos de los efectos que los ciclos tienen en nuestras sociedades. Con complejidad los ciclos pueden ser más suaves y no tan bruscos.

Para salir de la Hybris en la que estamos inmersos necesitamos recuperar los grandes equilibrios de la humanidad, entre libertad e igualdad, entre competitividad y cooperación. Y para intentarlo necesitamos rescatar la complejidad de ese barranco al que ha sido arrojada por nuestro desconcierto, perplejidad y miedos.