Antonio Altarriba para Jot Down Magazine con el título “Una raya en el monte”. 24 de julio de 2020.

Traza una raya en el campo y los niños se pondrán a jugar. Saltarán por encima en un sentido y en el otro. «Yo he llegado más lejos», «Tú la has pisado», «No se vale porque tomaste carrerilla…». Caminarán sobre ella con los brazos abiertos, imaginando un funambulismo a ras de suelo. La utilizarán como meta o como línea de salida para hacer carreras más o menos desenfrenadas. Y, en un alarde de ingeniería trazadora, la ampliarán en rayuela para saltar de una casilla a otra, abriendo y cerrando las piernas, yendo y volviendo.

Traza una raya en el campo y los adultos se pondrán a establecer diferencias en discusiones casi siempre agrias. «Aquí y allí», «este lado y aquel», «nosotros y los otros», «lo nuestro y lo vuestro», «los amigos y los enemigos…». Y no solo establecerán diferencias, también otorgarán a la raya valores simbólicos de obligado cumplimiento. «Por aquí nadie pasa», «prohibido el acceso», «solo se atraviesa con pasaporte, salvoconducto o pagando un canon…». Y, en casos extremos, invadirán para hacer avanzar la raya unos cuantos metros y hasta exterminarán a los que han cometido el grave delito de vivir al otro lado. Para los niños la raya es diversión. Para los adultos la raya es frontera.

A menudo los adultos intentan justificar su infantil intento de poner puertas al campo. Entonces hablan de «fronteras naturales», como si la geografía contuviera en su accidentada extensión las claves de una separación o la semilla, siempre presta a germinar, de un odio interterritorial. Ríos, cordilleras, valles sirven para otorgar carácter infranqueable a marcas que, tarde o temprano, se revelan inútiles, a menudo absurdas. En cualquier caso, por mucho empeño que pongamos en defenderlas o en derribarlas, siempre resultan arbitrarias y, con el paso del tiempo, inevitablemente oscilantes. El pico de una montaña no es separación sino convergencia de laderas, vértice unificador, punto culminante donde se reúnen las pendientes. Convertir el pico en punto de una raya invisible implica negar la existencia misma de la montaña. Y el río, antes que ruptura acuática, es confluencia, demostración vadeable de que las dos riveras se bañan en las mismas aguas. Y qué decir del valle, sino que se trata de una salvable hendidura en la tierra que se sujeta, casi pende, de dos elevaciones.

La propia naturaleza se encarga continuamente de desmentir el carácter natural de estas fronteras, cubriéndolas de vegetación idéntica, sometiéndolas a similar climatología y poblándolas de una fauna que circula sin retención de un lado a otro. La meteorología también se encarga de poner en su lugar lo que, por muchas banderas que icemos, no deja de estar junto, lo uno al lado de lo otro con indiscutible continuidad. La crisis climática en la que ya vivimos resulta igualmente aclaradora y vemos cómo nos afecta de manera global en un juego de interrelaciones que superan naciones, estados o imperios.

En nuestra tozudez delimitadora hemos ido reforzando la raya con verjas, alambradas, muros… Se trata de un obstáculo pretencioso y desafiante que tarde o temprano caerá en la obsolescencia, como ya ocurrió con la muralla china, el muro de Adriano o el de Berlín. Sin embargo, no cejamos en el empeño y en las últimas décadas se han multiplicado las barreras y los sistemas de control. Pero no lo olvidemos. Toda esa prohibición reforzada con cemento y alambrada no prueba la divisibilidad de la tierra sino el afán acaparador de bienes, terrenos e intereses políticos. No hay fronteras naturales, solo ambiciones humanas.

Y de esto habla el libro que a continuación se despliega en viñetas. Cuenta la historia de una raya, mejor dicho, del pequeño fragmento de una gran raya, que, con algunos vaivenes, viene separando Francia de España. La frontera de Ordesa ha sido en el siglo XX un paso estratégico que le ha dado protagonismo histórico. Los que nacieron allí, los que fueron niños de la raya, los que crecieron divirtiéndose con ella saben que, por mucha importancia que se le dé, siempre se puede jugar con ella. Por eso de mayores se han convertido en contrabandistas, guías, pasadores, rescatadores, paqueteros y demás oficios relacionados con el salto de un lado a otro, con el funambulismo fronterizo o con las carreras que tienen la raya como meta o como línea de salida.

La de Ordesa es, además, una frontera mellada por el mandoble gigantesco de la espada de Roldán. Así que, a la porosidad que infiltra cualquier barrera, hay que añadir la brecha honda que obliga a escalada, pero también proporciona escondite y recoveco. El juego con la raya está garantizado. También el peligro que conllevan las extremas prohibiciones que la historia hace flotar sobre ella. Son varias historias las que siguen, pero solo son variaciones de una, la historia de la línea trazada en el monte, mejor dicho, de un fragmento de esa línea, pero que puede representar la de todas que, con disciplina fronteriza, parcelan el planeta.

Mercadeo de capricho con riesgo policial, resistencia estratégica en la guerra civil, vía de escape de los perseguidos por los nazis, la frontera de Ordesa condensa acontecimientos que pueden explicar los síntomas de una historia que ha partido y repartido mucha frontera en un siglo eminentemente fragmentador como fue el pasado siglo XX. Pero las historias que se suceden en este cómic, aun preservando su autonomía, se enlazan una con otra. Es el ejemplo más claro de la negación de la raya. Las historias, en lugar de separadas, están unidas precisamente por la frontera, funcionando así no como lectura del desgarro sino de la sutura, relatos distintos unidos por una misma frontera. Así que, querido lector, ya solo te queda pasar al otro lado del prólogo, vadear la tibia corriente que lleva del texto a la viñeta y jugar. Jugar a saltar los muros, los del tiempo con el recuerdo y los del espacio con el paso al otro lado. Jugar a comprender que, por muchas divisiones que quieran interponer, siempre existirá la convicción de su arbitrariedad, el sentimiento de comunidad que, fronteras aparte, nos une, y la necesidad de saltar por encima. Para demostrar que las fronteras solo son una raya, a menudo invisible, en la inmensidad inabarcable del paisaje.

Este texto es el prólogo del cómic Frontera de Ordesa, de los autores Juanarete y David Tapia, que acaba de publicar GP Ediciones.