J. Francisco Fabián

Últimamente, cada 12 de octubre tenemos un problema con las banderas. Unos salen con ellas y otros aprovechan para renegar de ellas y de los que salen con ellas. Entre tanto, a lo largo del año, en determinadas zonas de España salen con frecuencia con sus propias banderas y eso, curiosamente, a los que protestan de las que salen el 12 de octubre no les parece mal, sino normal o por lo menos no dicen nada de ello. Por eso digo que tenemos un problema con las banderas, porque algo ahí no cuadra.

He oído decir muchas veces en un tono despreciativo que las banderas son solo trapos pintados. Cierto, son trapos de colores. También el agua son dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, en realidad otra simpleza. Y las casas son estructuras que se construyen y con el tiempo se caen, y hay que hacer otras. Comemos para luego dejar una parte en el retrete. El ser humano nace, vive un tiempo y un día desaparece para siempre. Vaya plan. Siendo así todo, no solo las banderas son una tontería, sino que parece que todo lo sea. Sin embargo, el agua es vital, las casas lo son para organizarse la vida individual, vivir suele merecer la pena, por más que sepamos que vamos a morir, y las banderas, aunque sean trapos, sirven como símbolo para organizarnos en el mundo, al ser tantos como somos, tan diversos y tan complicados. Vamos a dejarlo en que son trapos con sentido, con el sentido que tiene el símbolo que representa a un sitio al lado de los demás, que tienen su bandera también. Decir lo contrario es creer en un mundo en el que no debería haber fronteras, deberíamos amarnos y respetarnos los unos a los otros sin egoísmos, hablar el mismo idioma, todos buenos y racionales, sin atisbo de imbecilidades y sin que a nadie se le tuerza la mente por nada. Pero el caso es que no es así y como no parece que pueda ser de otra manera, las banderas son trapos simbólicos que nos distinguen a unos de los otros. Sin más. Ni mucho ni poco, eso.

Hasta aquí, con un esfuerzo por razonar la realidad, quizá podríamos llegar a estar de acuerdo entre los que las aceptamos como símbolo de un método de organización en el mundo y los que no tanto. Pero vayamos al caso de España. Tenemos dos banderas: la legal por un lado y la soñada o republicana por otro, que la podemos sacar individualmente cuando nos apetezca. Además, tenemos otras muchas que hemos ido inventado por una cosa que se llama “identidad” y que se lleva mucho buscar para tener desde hace tiempo. Con estas últimas banderas, nos distinguimos de los paisanos de al lado con unas u otras intenciones. La bandera legal viene de muy atrás, de Carlos III, allá por el siglo XVIII, tiempo en el que, como se recordará, a Franco le faltaba mucho. Y cito a Franco porque es con el que todo parece liarse en este asunto. Esa bandera siguió adelante hasta que se organiza la II República y se le cambia una franja, convirtiéndose en el símbolo de un deseo de cambio en y para ese tiempo. Supongo que hasta ahí sigue siendo un trapo, pero un trapo con un color que a algunos les dio, y todavía les da, una esperanza política. No se llegó con ella muy lejos porque una rebelión militar dio un golpe de estado y al estar las cosas tan enconadas por todas partes, llevó a una terrible guerra civil en la que cada cual, en la medida que pudo, hizo de las suyas, como desgraciadamente suele ser normal en todas las guerras. Una de las facciones ganó y como ganador, organizó las cosas a su modo. Exactamente igual que si hubieran ganado los contrarios. Entre sus acciones estuvo restaurar la bandera que venía del tiempo de Carlos III. El ganador estuvo en el poder 36 años con su bandera, que no olvidemos era la que había habido antes de él. El caso es que, como fue la suya, los vencidos siempre la rechazaron. Normal por otra parte. Cuando el dictador murió, los vencidos, que no se resistieron a aceptar la derrota nunca, siguieron viendo en esa bandera el símbolo de quien les ganó y les tuvo 36 años a raya.

Aunque se cambió de régimen y se organizó una democracia (hoy algunos niegan que lo sea, para asombro mayoritario, pero, en fin, tiene que haber gente para todo…), aunque pasó eso, la bandera nacional no fue del gusto de una parte del país. Es cierto (lo he constatado) que algunos o muchos de ellos no sabían que venía de más atrás de Franco, y cuando se les dijo, contrariados, argumentaron que como la tocó Franco, no les valía, aunque se le hubiera cambiado lo cambiable, que era el escudo. La buena para ellos es la republicana, que entraña, todavía, la posibilidad de soñar con un tiempo, que por cierto muchos de sus defensores no han vivido, pero representa para ellos el inconsciente glamour de atarse ideológicamente a aquello con lo que uno puede soñar cuanto quiera, porque es el pasado y el pasado no se puede cambiar. Como tenía que haber gente de derechas y de izquierdas, una parte de la izquierda adoptó “el trapo” que creían les representaba y los otros, el otro “trapo”. Podía haber uno para las dos facciones y seguir normalmente con su debate ideológico, pero no, aquí fue de otra manera: la izquierda se agarró al “trapo” republicano, porque seguía sin digerir la derrota en la guerra, y esa forma de rebelión, con su propio “trapo”, era una manera de rebelarse. Y ahí estamos, podíamos estar de acuerdo en lo esencial, en lo que nos puede unir para debatir lo demás pero no, parece retrógrado todo lo que implica bandera nacional, a pesar de muerto y olvidado Franco, excepto por quienes más le odian, que paradójicamente parecen tener verdadera pasión ahora por recordarnos su existencia con esto o con lo otro, aunque a la mayor parte de la población le preocupen más otras cosas. Hasta tal punto llegan, que llaman facha o ultraderechista a quien acepta, lleva o ensalza la bandera del que es su país y que les representa, sin tener para nada en cuenta que la usó, también, aquel tal Franco. No le preguntan si es demócrata o no, por llevarla, automáticamente es un ultraderechista. Está barato este término, también los de machista y xenófobo, por cierto. Curioso. Sin embargo, cualquier ostentación del “trapo” de alguna de las regiones que se dicen “nacionalidades” para distinguir su nosequé del de los demás, eso no se ve mal, parece ser más moderno, más guay. Curioso esto también. Tener identidad nacional es de fachas, pero tenerla de una porción del territorio nacional, es lo que mola.

Los que somos o queremos ser de izquierdas (que a veces las cosas no están del todo claras), tenemos algunos problemas atravesados en la mente que nos va a costar solucionar. Pero la autocrítica no es precisamente una de nuestras medicinas; si alguien nos la reclama, le llamamos facha o ultraderechista que es nuestro estratégico escudo. Últimamente todo lo que no somos nosotros, suele ser más o menos ultraderecha. Llevamos tiempo alimentándonos de un paquete de supuesta ideología, muchas veces banal y etéreo, que nos enorgullece tener y sobre el que tendríamos que reflexionar críticamente sobre la utilidad de mantenerlo. Ahí están, por ejemplo, el tema de la bandera nacional, el destino de los puñeteros huesos de Franco o la monarquía, entre otros, como si solucionando esto último por ejemplo, lo tuviéramos todo muy fácil. A veces participamos con ligereza de la ola de cretinismo político que nos inunda con tal entrega, que parece que los temas de fondo se parezcan a la banalidad de ser del Madrid o del Barça. Amparados en no sé qué principios fantásticos, nos da igual que nuestro país se pueda dividir simplemente por los caprichos (racistas, basados en falsedades y absurdos, pero teñidos de eso que tanto nos mola llamado “identidad”) caprichos de unos cuantos, cuyo fundamento es la falta de solidaridad, que tanto nos debería molestar en sí misma porque son unos de nuestros principios. Y para capitalizar muchas de estas zarandajas, que deberíamos superar con el razonamiento y la reflexión, se nos ocurre personalizarlo en la bandera, la de nuestro país, el sitio donde vivimos y estamos organizados. Es un mero trapo, nos decimos. Me pregunto desde dentro dónde vamos así, no solo en esto, porque hay mucho más. Me pregunto si nos preguntamos por la causa del aumento de lo que llamamos con más o menos ligereza “ultraderecha”, por si tuviéramos alguna responsabilidad en ello con tantas pamplinas con las que andamos liados, que han terminado por aburrir a mucha gente de nuestro discurso y van a aburrir a más. Esa gente a veces es más lista que nosotros y se da cuenta de que estamos organizados en países, porque no queda más remedio y que este es el nuestro, que le gusta que lo sea y no tiene que avergonzarse de ello, ni ve motivos reales para partirse por antojo, sin ser de ultraderecha por eso. La gente sabe que la bandera es un “trapo” de colores, sí, pero les representa en su forma de ser, de vivir, en su Historia, en sus leyes de-mo-crá-ti-cas y la sacan a la calle, no porque son nostálgicos de ningún pasado, sino porque quieren ser lo que son, frente a las amenazas basadas en el deseo de separar (con todas sus consecuencias), cuyas razones esconden el egoísmo y la insolidaridad debajo de ideas tan guais como la identidad, el hecho diferencial, el derecho a decidir y todo eso que tan bien se nos da alimentar, quizá, más que nada, porque hubo uno que lo defendió hace ya mucho tiempo, ese al que estamos irresponsablemente resucitando de sus cenizas. Pero, claro, lo que dijera aquel, no podemos asumirlo, aunque pudiéramos estar de acuerdo en algo. Tenemos que demostrar siempre nuestra diferencia a toda costa.

No sé por dónde vamos a salir de esta, pero no pinta bien. Muchos de los que llevaban callando en la izquierda para no ser señalados por los suyos como herejes, empiezan a cansarse de tantas pamplinas -estas y otras- y estallan cuando ven que no pasa nada por hacer autocrítica, aunque se conviertan injustamente en sospechosos, aunque les llamen tan gratuitamente ultraderechistas solo por eso. Las elecciones andaluzas han dado el aviso y eso se va a extender, porque, cada vez con menos miedo a los calificativos gratuitos, la gente va a decir que ya vale, coño. Mientras tanto, los del erre que erre seguirán sin darse cuenta de que los giros de la gente vienen en mucho de sus discursos, de sus gestos, de sus connivencias y de sus tolerancias y no de la casualidad o por acción de la naturaleza misma, como las borrascas o los huracanes. Eso es lo que parece, cuando nos quejamos de los avances de eso que llamamos con mucha intención “ultraderecha”, sin preguntarnos si habremos hecho algo por ello.