El anuncio-bomba de Íñigo Errejón puede ser un “desastre” para las fuerzas de izquierda o un “revulsivo”, capaz de poner freno a la desmoralización progresista y de sumar apoyos para evitar que la ola reaccionaria termine en un tsunami de aquí a las elecciones generales.

Buzón de vozjmarana@infolibre.es , 23 Enero 2019

Han pasado seis días desde el anuncio-bomba de Íñigo Errejón y sigue siendo prontísimo para calcular sus efectos concretos en el escenario político, por mucho que abunden quienes en unos minutos ya vaticinaron que será un absoluto “desastre” para las fuerzas de izquierda, casi tantos como quienes lo interpretan como un eficaz “revulsivo”, capaz de poner freno a la desmovilización progresista y de sumar apoyos para evitar que la ola reaccionaria termine en un tsunami de aquí a las elecciones generales. Por mi parte, después de hablar con los principales protagonistas y de pegar el oído al agitado asfalto de la política, sólo barrunto que caben perfectamente las dos posibilidades: todo dependerá de la inteligencia, madurez  y generosidad que demuestren los diferentes liderazgos desde el centro a la extrema izquierda durante las próximas semanas y meses. Por resumirlo sin circunloquios: si se facilita que telediarios y debates hablen más de la malograda amistad entre Iglesias y Errejón que de la fructífera mafia público-privada financiada por Francisco González, el banquero de Aznar y Rato, entonces ganarán… los que acostumbran a ganar siempre. A esos les importa poco si la victoria viene de una mayoría absoluta del PP, de un contrato de arras con Ciudadanos o sujetos ambos al trote del caballo loco y desbocado de Abascal. (Lean Vox o la brutalidad política, por José María Lassalle, uno de los retratos más agudos y profundos de ese “fascismo posmoderno”).

Recuerdo bien el momento en que supe que la fractura personal y política entre Pablo Iglesias y Errejón no tenía arreglo. Fue en febrero de 2017, en vísperas de Vistalegre II. El secretario general de Podemos me citó en su despacho del Congreso de los Diputados y, al hilo de la conversación sobre las diferencias entre ambos, afirmó: “Necesito al lado a alguien que cuando yo digo ‘¡cal viva!’ eche dos paladas más, no que me rectifique con los gestos”. (Ver Al fondo a la izquierda, pág. 313). Por esas mismas fechas, Errejón confesó algo también premonitorio: “Para ganar dentro, pierdo fuera [del partido], y para ganar fuera, tengo que perder dentro”. Y perdió ampliamente en Vistalegre. Esa paradoja en política no es exclusiva de Podemos. Entre militancia y electorado suele haber diferencias profundas por mucho que compartan principios y objetivos.

Tenía que ocurrir más temprano que tarde, porque sus concepciones del partido, de la política y de la forma de ejercerla son divergentes casi desde el mismo nacimiento de Podemos. En los últimos meses, Errejón fue llegando a la conclusión de que el paso que no se atrevió a dar cuando Carolina Bescansa se equivocó de tecla e hizo pública aquella propuesta estratégica de asalto al poder debía darlo antes de la próxima cita electoral de mayo si quería tener alguna oportunidad para su proyecto sobre Madrid y sobre España. Es lógico y comprensible que Iglesias y su equipo (y no pocos inscritos e inscritas) hayan percibido como una “traición” la forma de proceder de Errejón, convencido por su parte de que sólo por sorpresa y sin previo aviso podía sacar adelante el plan.

Si ambas partes desean lo mejor para Madrid, para España, para el cambio y para la propia fortaleza de lo que representa Podemos, más les vale intentar ponerse en la piel del otro en lugar de recrearse en la ofensa recibida. Y si ampliamos el foco más allá e incluimos a otras fuerzas socialdemócratas o de origen comunista, desde el PSOE a Izquierda Unida o Izquierda Anticapitalista, o las Mareas o los comunes o Compromís o Actúa o… más vale que la izquierda deje de comportarse como lo que define Ignacio Sánchez-Cuenca como un “organismo fisíparo”, que se reproduce “mediante división o fisión” en un eterno proceso en el que cada cual presume de su superioridad moral para debilitamiento político del conjunto. (Ver La superioridad moral de la izquierda, pág. 69).

¿Acaso las diferencias entre Iglesias y Errejón son mayores que las que durante años han tenido y mantienen Aznar y Rajoy? ¿Es más inaceptable el enfrentamiento entre Sánchez y Susana Díaz que el que han sostenido en un mismo gobierno Sáenz de Santamaría y Cospedal? ¿Es más trascendente la distancia que separa a Sánchez y a Iglesias que la que exteriorizan aparatosamente Albert Rivera y Santiago Abascal? Lo que ocurre es que en las derechas, desde el centro hasta el extremo más cavernario, funciona una eficacísima Asociación de Intereses Mutuos sobre la que el propio electorado, por fraccionado que esté, no alberga la menor duda de que engrasará cualquier disputa para garantizar la ocupación y ejercicio del poder.

Ya no sólo ha pasado a mejor vida el bipartidismo, sino que también la nueva política está fraccionada. No es ese el problema, ni para España ni para la izquierda. El gran obstáculo es el sectarismo, la incapacidad de reivindicar la divergencia como valor democrático por encima precisamente de cualquier interés crematístico, nepotista, grupal o personalista. Ya que no hay intereses mutuos del calibre de grandes bancos, empresas editoras o compañías eléctricas, harían bien las izquierdas en demostrar esa manida superioridad moral (que tanto encabrona a las derechas) concentrando sus prioridades en algunos objetivos indiscutibles. Bastaría con que repasaran el último informe de Oxfam Intermon previo a la cumbre de Davos para colocar como ejes compartidos de cualquier programa político la lucha contra la desigualdad económica, la defensa de las clases medias más agredidas por las políticas neoliberales o un único proyecto fiscal verdaderamente justo y progresivo, que impidiera este insulto permanente de que los ricos sean cada vez más ricos mientras ellos mismos manejan la válvula de la explosión social a base (como mucho) de esa beneficencia tuneada estilo Davos.

Bastaría, de hecho, con que los partidos nuevos y viejos que comparten ideales progresistas aprendieran algo de los movimientos feministas que lograron aparcar diferencias grandes y pequeñas para demostrar el pasado 8 de marzo que las mujeres pueden luchar como un solo bloque contra el machismo y la desigualdad. (A la vista está que el patriarcado ibérico se ha puesto de los nervios).

Más Madrid sumará o restará. Depende tanto de quienes aplauden ilusionados la iniciativa de Errejón y Carmena como de quienes se declaran y se sienten “tocados”, “tristes” o “traicionados”. Las fuerzas progresistas que se presenten a las elecciones de mayo en Madrid tienen una doble responsabilidad: superar el 5% para obtener representación y convencer al electorado de que, gane quien gane y en la proporción que sea, garantizan un gobierno de cambio, un entendimiento como mínimo tan sólido y obvio como el que todo el mundo da por descontado a las derechas.

P.D. Y una vez se aclare el futuro de ese Más Madrid (incluso mientras tanto), urge entrar a fondo en la necesidad de Más España, de afrontar de una vez y sin complejos (con perdón) la defensa de una España plural, diversa y respetuosa con las diferencias, capaz de competir con ese españolismo reaccionario que se pretende imponer a base de trompetazos, banderazos y un 155 infinito.