J. L. Velayos, 2018

Era un fulano normal de cincuenta y tantos; nunca había destacado. Triunfó cuando lo hacían todos o, al menos, muchos. El suyo era un negocio más de los que flotaron dentro de una burbuja. En buena medida, lo impulsaron la financiación de los ayuntamientos y políticos amigos que, siendo justos, tampoco fueron tantos. El resto lo hicieron la bonanza general y muchas, muchas, horas de trabajo. Pese a todo y a diferencia de lo que entonces se estilaba, él no era un cretino engominado con pegajoso dinero fácil. Su meta no eran los falsos amigos, cambiar de coche, ir a Baqueira, ni vestir como un hortera de fin de semana en el centro comercial.

J. L. Velayos, 2018
J. L. Velayos, 2018

Su vida la llenaban los colegas de siempre, sus botellines de día y, de noche, los whiskies, los petas, y alguna raya para celebrarlo. Lo que fuera. Entre medias, algún concierto, las carreras de coches y las de motos. La familia bien, gracias. Mujer y dos hijas. Una proveniente de otro matrimonio, aunque sin rencores y bien avenidos. En fin, lo que para él era una vida feliz: puticlub cuando la partida se alargaba.

Con el tiempo la empresa se vino abajo como tantas otras. El negocio comenzó a flaquear con la crisis y terminó por quebrar con el divorcio. Por su parte, él no aguantó la presión de tener que trabajar de verdad para mantenerse a flote. Vendió cuando todavía quedaba alguna ceniza que enterrar, pero entre la ex y las deudas de juego se encargaron, con almoneda incluida, de la liquidación total. Paulatinamente, aumentaron las horas en los bares y los colegas tóxicos. Se mantenía en un estado de inconsciencia inducido por la calle y las charlas con vendebiblias de fácil olvidar.

J. L. Velayos, 2018

En estas vivía cuando pasó lo inesperado. Los astros se alinearon; contra pronóstico apareció el amor. Todo comenzó viendo con desgana un Eibar-Málaga. Porque lo tengo en la porra –en realidad porque no tengo nada que hacer-.

En cualquier caso, no tardó en fijarse. Estaba con unos tíos que acababan de entrar: primero deslumbramiento y después una infinita extrañeza. Jamás le había pasado tal cosa y, por supuesto, ni contaba con ello ni creía que eso le podía pasar a él. Pese a todo sintió curiosidad y se acercó, al final un penalti injusto da para socializar. Al gol le siguieron unos botellines y la conversación, salidas a la calle a fumar y entradas al váter a esnifar.

No sabía qué pasaba, pero cada vez se acercaban más. A las cuatro sólo quedaban ellos en el bar. Seguían las risas, la conversación cercana, los primeros roces. Tras una primera caricia dijo que tenía que ir un momento a mear. Se lavó la cara y habló con el espejo con la esperanza de que le aclarase lo que pasaba. Salió, pidió los penúltimos gintonics y se volvieron a rozar. No podía más. Cuando giró la cara, y sin saber cómo ni por qué, decidió que era el momento y se lanzó. Fue un beso largo y delicado. Ramón le correspondió entusiamado.

J. L. Velayos, 2018

Dibujos: José Luis Velayos

Texto: Martín Vilches