ALBERTO CONEJERO para aisge.es  Ilustración Luis Frutos

http://www.aisge.es/alberto-conejero-75-una-cerilla-en-mitad-de-la-oscuridad

Lo que es septiembre, nadie lo sabe. Para algunos es el mes en el que se le apaga la mecha al verano y toca volver a colgarse el sambenito de lo cotidiano. Para otros es el inicio del nuevo curso, la ocasión de avivar los propósitos que no se consumaron ni se consumieron, o de inventarse otros nuevos, poco importa. Unos y otros interpretarán a su modo las señales augurales que septiembre esparce: el alfabeto de pájaros por los cielos, la luz que se deshace cada día antes, el temblor de los cultivos bajo el granizo, etc.

Lo que es septiembre, nadie lo sabe. En cambio, salimos de un verano en el que las noticias han tenido la forma exacta de las pesadillas que imaginamos para el futuro. La realidad avanza con mayor velocidad que nuestros temores y, antes de que hayamos escrito el diálogo final de esta distopía, ya ha adquirido la condición de noticia. No hay presagio que necesite más de un chasquido para convertirse en suceso: que los más necios estén al timón, que ardan los bosques milenarios, que se necesite permiso para rescatar a un ser humano, que el explotado se revuelva contra el aún más necesitado y no contra el explotador, que se cuestionen o malbaraten los derechos conquistados a tracción de lucha y sangre…

Tanto desastre nos deslumbra y paraliza, como conejos clavados en el asfalto a punto de ser atropellados; en realidad, como un conejo que aprovecha el resplandor de los faros para hacerse un selfi antes de estirar la pata. Algunos aprovechan la pachanga apocalíptica para entonar un carpe desperationem.

Sin embargo, otros muchos, hombres y mujeres, en todos lados, están intentando cambiar las cosas, aun en los tiempos más difíciles. Soportan la burla y el menosprecio de los cínicos. Resisten el chaparrón diario de los derrotistas (que nunca son los verdaderos derrotados). Soportan ese dualismo necrosado entre sociedad e individuo, y de los que solo ven el mundo desde uno de los elementos del binomio.

Estos cínicos y derrotistas afirman que los pequeños cambios que promueven los hombres y mujeres que aún atesoran esperanza son inútiles y ridículos. Qué importa consumir menos plástico, si son las grandes empresas la que están convirtiendo los océanos en una fosa séptica. Para qué vamos a comer menos carne, si los que están dejando el boquete en el planeta van a seguir quemando los bosques. Para qué vamos a dejar un poco el coche. Para qué reciclar. Para qué, para qué cualquier cosa. No hay acción que se intente que no tenga inmediatamente la respuesta cínica, mientras exigen la revolución (eso sí, que la empiecen otros), la contrarrevolución o la nada.

Que hay que voltear las cosas está claro. Cada mujer y cada hombre que asume un pequeño cambio está encendiendo una cerilla en la oscuridad. Ahora imaginemos que lo hiciéramos muchos, que lo hiciéramos tantos que la oscuridad empezara a disiparse. Porque quizá la única manera de contemplar un futuro mejor sea desde el brillo de esas cerillas.