La escritora argentina aborda la intimidad, el voyerismo y el lenguaje en una novela protagonizada por unas inquietantes mascotas animadas, los ‘kentukis’

“Las tecnologías nos acercan de alguna manera; pero también en lo físico, en lo comunitario, e nlos espacial, nos vuelve cada vez más lejanos”

“Estamos rodeados de mucha soledad”

“Claramente esta novela no es ciencia ficción. Black Mirror habla de un futuro inmediato. Esto no, esto es ahora”

Javier Ramajo 03/11/2018 – eldiario.es

Adquirir un ‘kentuki’ puede tener insospechadas consecuencias. En un futuro más cercano al que prevé Black Mirror pero con la misma inquietud que genera la serie, Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) describe en su última novela cómo la utilización de la tecnología puede enriquecer la compañía al tiempo que perder intimidad hasta unos límites peligrosos.

Un ‘kentuki’, básicamente, habilita el acceso remoto de un ciudadano a la vida íntima de otro, en cualquier parte del mundo, quien a su vez se convierte en dueño de una especie de peluche con vida con un usuario en su interior. Schweblin, que fue nominada en 2017 al  Man Booker Prize por su primera novela, ‘Distancia de rescate’, y ganadora en 2015 del premio Ribera del Duero con ‘Siete casas mías’, aborda el uso de las tecnologías, las redes sociales, el lenguaje o la soledad pero, principalmente, “las conexiones y las desconexiones entre las personas”.

¿Qué ha pretendido con una novela tan inquietante como ‘Kentukis’?

Ni cuando uno empieza un libro ni cuando lo termina se tiene tan clara la intención, quizás sí a un nivel más emocional. Te das cuenta cuando los lectores y la prensa empiezan a pensar en el libro. Lo piensas mucho pero más en estructuras, en los límites de la historia, en el narrador o en los personajes. Todo de una manera más emocional y, sobre todo, pensando en solucionar temas que le están pasando a uno en ese momento.

¿Qué le ocurría para idear esa especie de extraña mascota?

Cuando empecé a pensar en ‘Kentukis’ era un momento en que viajaba muchísimo. ‘Kentukis’ sucede en más de viente ciudades de todo el mundo, que conozco por cuestiones literarias. Hacía ya tres años que vivía fuera de Argentina y mis comunicaciones más preciadas, con la familia, con los grandes, con la gente que yo estaba trabajando, eran en diferido y a través de la tecnología. Me pasaba horas trabajando, resolviendo cosas muy precisas por Internet, por Whatsapp, por Skype y al final terminaba el día y me miraba a mí misma en las útimas horas haciendo monigotadas frente a la computadora. Nada daba cuenta de que realmente estaba teniendo una comunicación real con el resto del mundo.

Diseño de dispositivo tecnológico

Pero eso es una realidad muy extendida hoy, ¿no cree?

La invención de los kentukis coincidió concretamente con un momento que vivimos todos hace dos o tres años: esa especie de boom de las imágenes tomadas con drones. De alguna manera nos permitió redescubrir nuestras ciudades. Causó miedo y estupor en mucha gente y enseguida se salió a ilegalizar. Ahora una persona normal no puede subir un dron, porque se descubrieron un montón de cosas desde el aire que nadie estaba preparada para ver. Y tiene que ver con los temas que habla ‘Kentukis’: la intimidad, el voyerismo,… todo lo que uno puede descubrir a partir de las tecnologías de un segundo a otro sin quererlo. Y entonces se me ocurrió la idea del ‘Kentukis’, que cruza un poco todas estas situaciones.

¿Cree que existe algo parecido actualmente en el mercado?

Se podría pensar en otros dispositivos pero es algo distinto. No se me ocurre ningún paralelismo. Algunos críticos, para tratar de explicar un poco los ‘kentukis’, hablan de los tamagotchis. Entiendo el primer impulso, pero no tienen nada que ver, porque en ese caso se establece una relación con la tecnología y, en este libro, a pesar de que habla constantemente de la tecnología, está desautomatizada. No me interesa hablar de las cuestiones técnicas. Lo que hace un kentuki es conectar a un ser humano con otro ser humano. Es una excusa que yo encontré para desarmar la tecnología. Esta no es una novela sobre la tecnología sino sobre las conexiones y las desconexiones entre las personas.

Tener un ‘kentuki’ no parece en todo caso una cosa impensable…

Me llama mucho la atención que un libro como este se tome como ciencia ficción o como una distopía. Y me da mucha curiosidad por qué se piensa en estos géneros cuando en realidad técnicamente un ‘kentuki’ es un cruce entre un peluche y el teléfono más rudimentario que tenemos sobre esta mesa. Es un ruido que me parece muy fascinante porque lo que me pregunto es ¿qué nos está pasando como sociedad? Vivimos en este espacio hipertecnologizado y a la vez naturalizado. Nadie está sorprendido con las tecnologías que nos rodean, pero cuando esa tecnología la pasamos a la literatura, entonces es ciencia ficción. Claramente no es ciencia ficción. Black Mirror habla de un futuro inmediato. Esto no, esto es ahora.

¿Qué le está pasando a la sociedad para que tomemos esa distancia?

Yo creo que lo que nos pasa justamente es que observamos con mucha naturalidad las tecnologías pero todavía no tenemos el espacio para pensarlas. Este es el espacio de la literatura. ‘Kentukis’ trata de empezar solamente a hacerse las preguntas alrededor de los límites: legales, morales, donde empieza mi intimidad y termina la tuya, y viceversa. Es muy difícil trazar esos límites, porque cada uno venimos de sociedades muy distintas e idiosincrasias muy distintas. Aspirar a trazar límites concretos es muy difícil. Es todo demasiado nuevo y todo va ocurriendo muy rápido. Es lógico que se hable de algo absolutamente contemporáneo y suene a ciencia ficción, pero no lo es.

¿Hacia dónde cree que nos lleva toda esta relación entre los seres humanos y la tecnología?

Creo que nos estamos volviendo un poco extraños. Extraños para los demás. Al final las tecnologías nos acercan de alguna manera; pero también en lo físico, en lo comunitario, en lo espacial, nos vuelven cada vez más lejanos. Es una contradicción con la que todavía me parece que no estamos pensando ni aprendimos todavía a mover.

La expansión de los ‘kentukis’ también tienen bastante que ver con las redes sociales y la imagen que se quiere dar públicamente, ¿no?

Los ‘kentukis’ pueden recorrer la intimidad de la otra persona sin verlo. En las redes sociales hacemos un gran esfuerzo por contar quiénes somos, pero nuestro relato de quiénes somos muchas veces es muy distinto de quiénes somos de verdad. Lo que permite el ‘kentuki’ es justamente ese voyerismo que nos fascina tanto porque nos permite ver quién es el otro de verdad. Y en esa verdad, al final, lo que buscamos son nuestras propias verdades y la conexión con seres que no son perfectos.

¿Qué papel juega el lenguaje en todas estas situaciones?

En la primera conexión con un ‘kentuki’ no hay lenguaje establecido. El ‘kentuki’ es un animal para el que es el amo, con toda la deshumanización que ello conlleva. Puede ser una mascota toda la vida, pero algunos intentan ir más allá y establecer lenguajes. La novela estudia mucho la problemática de los lenguajes y hasta qué punto, cuando no hay lenguaje, se da una comunicación falsa porque no hay juicio de valor. Con el lenguaje hay mucha más información, pero entran en juego las diferencias culturales, los malos entendidos, etc.

Casi todos los personajes de la novela están solos. ¿Tecnología igual a soledad?

No creo que el uso de la tecnología implique soledad por sí misma, porque todos la usamos. El tema está en cómo se utiliza. Indefectiblemente alguien que pasa tres o cuatro horas en las redes sociales es alguien que tiene mucho tiempo y algo de soledad debe haber en ese uso. Pero sí creo que estamos rodeados de mucha soledad y la soledad no es sólo estar solo físicamente sino también estar rodeado de amigos pero sin lograr comunicaciones genuinas, sin lograr sinceridad o sin lograr aceptar nuestras propias extrañezas o imperfecciones o las del otro. Como vivimos en una época en la que todos somos espejos de colores y todos parecen llevar una vida muy perfecta, esa conexión desde lo auténtico se vuelve muy difícil porque todo el mundo parece ser igual en su felicidad.

¿En qué cree que derivará todo esto?

No podría responder de manera concreta, pero creo que ‘kentukis’, desde las preguntas que se hacen, trata un poco de pensar esa sociedad que viene pronto, de acá a uno o dos años.