GRAF8784. MADRID, 05/02/2019.- Fotografía de archivo (25/01/2019), de la activista adolescente sueca Greta Thunberg participa en una protesta medioambiental bajo el lema "School Strike for Climate" (lit: huelga escolar por el clima) celebrada a las puertas del Centro de Congresos coincidiendo con la última jornada del Foro de Davos, en Suiza. Mujeres de todo el mundo han luchado incansablemente por diferentes causas en los últimos meses y se han convertido en ejemplos de como las batallas por los derechos humanos dan visibilidad a la lucha global por la igualdad. EFE/Laurent Gillieron

Debió resultar esclarecedora la escena en la que la simpática jovencita sueca Greta Thunberg recibía la mano y la sonrisa de Christine Lagarde

No faltan quienes se interrogan sobre si no ha llegado el momento de dejar de lado, por ineficaz, la intratable y tradicional hostilidad ecologista frente al sistema dominante

Por Pedro Costa Morata para Cuarto Poder 28 de marzo de 2019

https://www.cuartopoder.es/ideas/opinion/2019/03/29/y-en-estas-que-llegan-los-salvadores-del-clima/

Fotografía de portada: Foto de archivo de la activista adolescente sueca Greta Thunberg. EFE/Laurent Gillieron

Para los miembros activos del movimiento ecologista crítico, sociopolítico e independiente, con medio siglo ya en su haber de luchas por la ecología y la humanidad, debió resultar esclarecedora la escena en la que la simpática jovencita sueca Greta Thunberg recibía la mano y la sonrisa de una de las mujeres más nefastas para el hombre y la naturaleza, Christine Lagarde, directora ejecutiva del Fondo Monetario Internacional, en un entorno de depredadores insaciables como es Davos. Deberán esperar, con razón, que pronto el Papa reciba a mujercita tan exitosa y le regale un ejemplar singular, y firmado, de la encíclica Laudato si, aldabonazo con que la Iglesia, con varias décadas de retraso, pretende salvar al mundo del pecado contra la Tierra; y que la halaguen, inviten y remuneren los presidentes encorbatados de todas las fundaciones creadas por empresas que vienen destruyendo el planeta con afán y resultados incuestionables, que así se muestra la dinámica que ya envuelve a esta joven y el movimiento por ella desplegado. (¿La recibirá Trump, otro sincero angustiado por la crisis climática y la suerte de nuestro mundo en general?).

El éxito social, por más que suela ser falaz, en estos tiempos se acompaña con esos aditamentos, y el trabajo ímprobo, acusador y certero, con silencios rotundos (cuando despunta) o con hostilidades mil (cuando amenaza a lo establecido). Y no faltan quienes se interrogan sobre si no ha llegado el momento –cuando las redes sociales y el espectáculo lo definen y absorben todo– de dejar de lado, por ineficaz, la intratable y tradicional hostilidad ecologista frente al sistema dominante, superándola con el tumulto festivo y la interpelación dialogante con los culpables. Pero aun esta observación parece insuficiente, en una indagación sobre objetivos reales del movimiento, ya que ahí tenemos a Greenpeace, dentro de un movimiento ecologista que señala causas y culpables y, sobre todo, utiliza técnicas y recursos ciertamente mediáticos y sugerentes; habría que preguntarse por qué, en esta lógica de visibilidad de gran alcance, Greta y la muchachada no se apuntan a esta organización, impulsándola en pro de más y mejores resultados a escala internacional.

Yendo al fondo del asunto, sin embargo, tenemos que reconocer que la crisis ecológica global es más amplia y severa que el cambio climático, aunque es verdad que éste es imparable y bien visible; tanto, que estos entusiastas protestones llegan tarde, por duro que se les haga: antes que ellos, las fuerzas protectoras han sido incapaces de frenar esta deriva fatal del clima frente al exterminador dominio del negocio y la potente apisonadora del sistema económico imperante, codicioso y productivista. En una aproximación sumaria, la crisis planetaria puede configurarse, primero, con la ruina ambiental, es decir, el envenenamiento del aire, aguas y suelos; segundo, con la perversidad mental del consumismo, que a todos nos corroe (aunque a unos más que otros, habría que puntualizar); y tercero, con la despolitización general, es decir, la falta de reflexión sociopolítica sobre las raíces y causas del problema. Y así debiera definirse el marco para una acción realmente significativa y salvadora. De otra manera el “objetivo clima”, como emergencia exclusiva y obsesionante puede hacer olvidar los otros dramas –activos y en gran medida irreversibles– de esta crisis. Y, por otra parte y en el caso que nos ocupa, puede esperarse, con fundamento, que esta enésima eclosión de indignados acabe como un suflé.

Que surja de pronto un nuevo episodio histórico de protesta constituido de “jóvenes de secundaria” que arremeten contra el cambio climático porque, entre otros lemas exhibidos, “amenaza su futuro y el de sus hijos y nietos”, es algo sorprendente y digno de análisis; porque –y esta es otra de las notas del nuevo movimiento, que destacan los observadores entusiasmados– es verdad que los eslóganes de las nuevas manifestaciones señalan al capitalismo como culpable de este callejón sin salida, pero también lo es que lo importante, llegado a este punto, es profundizar en el comportamiento y las expectativas de este capitalismo que, tras décadas de negar el cambio climático y, más todavía, su responsabilidad en él, ha pasado a erigirse en institución sensible y preocupada, dispuesta a salvarnos del desastre esperando que –con un despliegue formidable publicitario y con las manipulaciones sin cuento de esta sociedad de la información que tan bien domina– nos olvidemos de su responsabilidad y del castigo que merece. Porque en el capitalismo internacional hay (¿quién lo ignora?) cerebros, grupos, instituciones, conciliábulos y estrategias que buscan no sólo la supervivencia, sino también el reforzamiento.

En esta “reconversión” capitalista figura en primer lugar su disposición a frenar esta deriva del calentamiento general, aunque más bien sus esfuerzos van dirigidos a “paliarlo” y, sobre todo, a trabajar por la “adaptación” a él de la humanidad entera, objetivos en los que muestra su insufrible realismo. Y esto espera lograrlo con la planificación de trabajos gigantescos de obra civil, la innovación tecnológica en depuración de efluentes y la creación imaginativa de seguros frente a catástrofes climáticas; despliegues inversores que necesariamente han de acometerse, siempre a cuenta de las finanzas públicas. Con lo que una crisis que debiera enterrar al capitalismo para siempre, acusándolo y condenándolo, sin embargo, lo renovará y fortalecerá, además de blanquear su ennegrecido rostro y, de paso, debilitar a las instituciones públicas, que hace mucho que abandonaron la idea de liderar cualquier gran ofensiva contra la tragedia que viene.

Así que, a la debilidad objetiva de las fuerzas proteccionistas (a las que más o menos directamente se les invita a dejarse desvanecer y dar paso a “esta juventud que exige un futuro”) ha dado lugar un envalentonamiento, con adaptación y relanzamiento, de ese sistema que nos ha hundido, difundiendo ahora la especie de que las cosas se pueden arreglar “tomando medidas urgentes y ambiciosas”. Aun débiles y maltratadas, estas fuerzas sí han sabido señalar a los verdaderos culpables, sosteniendo que sin su neutralización (y, a ser posible, aniquilación) no hay mejora ni solución para el bienestar humano o la conservación de la naturaleza. Y en este nuevo escenario conviene situar este movimiento juvenil, tan sorpresivo y multitudinario que parece contradecir la idea generalizada de que en esas edades domina la escasa conciencia ambiental (sustituida por un consumismo atroz) y la despolitización en general (con abundancia de ignorancia y pasotismo).

Desde la sociología los “estallidos espontáneos” deben ser siempre objeto de indagación metódica y pormenorizada, así como sus líderes o impulsores, ya que la sociedad no es capaz de crear nada ex novo, sino de aportar productos y creaciones cuyo origen, evolución y objetivos deben ser oportuna y finamente establecidos: no es tan difícil. Desde la política, siempre se debe señalar el juego de fuerzas y de poderes ante fenómenos que, como el cambio climático, tiene nítidamente delineadas sus causas y sus culpables. Desde el ecologismo, movimiento resistente y de fondo, consciente de sus debilidades, pero también de la justeza de sus reivindicaciones, resulta muy difícil creer en apariciones salvadoras o movimientos superadores, mucho menos cuando las distracciones y el espectáculo desempeñan un papel tan decisivo en la trágica evolución del planeta.