Publicado por Teresa Galarza en Jot Down Magazine. 27 de agosto de 2020

¿Fue Shakespeare Shakespeare? Sabemos quién fue Shakespeare. Pero ¿fue él quien escribió toda su obra? Hay bastantes teorías al respecto. Según los escépticos, Shakespeare podría haber sido, en realidad, Christopher Marlowe, o Edward de Vere, o una mujer italiana —Emilia Bassano—, o sir Francis Bacon o, quizás, en lugar de un solo autor, un colectivo que incluiría a varios actores y escritores.

En los últimos años, una obra de teatro de Morgan Lloyd Malcolm ha despertado la curiosidad de bastantes aficionados al teatro y al cotilleo: Emilia. La pieza trata sobre una contemporánea de Shakespeare llamada Emilia Bassano. Nacida en Londres en 1569 en el seno de una familia de inmigrantes venecianos —músicos y fabricantes de instrumentos, posiblemente judíos—, fue una de las primeras mujeres en publicar un volumen de poesía en Inglaterra. 

Del trabajo de Bassano, adecuado para los estándares religiosos de la época, también se dice que es feminista. Su existencia fue descubierta en 1973 por el historiador de Oxford A. L. Rowse, quien especuló que Emilia podría haber sido la amante de Shakespeare, la «Dark Lady» descrita en los sonetos. En Emilia, la pieza de ficción de Lloyd Malcolm, el personaje de Shakespeare usa las palabras de Bassano para la famosa defensa de las mujeres que en el Otelo de Shakespeare hace el personaje llamado Emilia.

La vida no ficticia de Shakespeare está bastante documentada. Los más de setenta documentos que existen lo señalan como actor, accionista de una compañía de teatro, prestamista e inversor inmobiliario. Parece que evitó pagar impuestos, que especuló con cereales durante una época de escasez y que le pusieron unas cuantas multas. El perfil es el de un empresario de la industria del entretenimiento (del Renacimiento). Quizá por eso se cuestiona que fuera realmente el autor de su obra. ¿Cómo adquirió Shakespeare conocimientos sobre historia, cultura, música, astronomía, vocabulario de otras lenguas, países extranjeros…? ¿Y cómo sabía tanto sobre algunas ciudades del norte de Italia? Shakespeare no recibió educación hasta la preadolescencia, no fue a la universidad, no hay constancia de que trabajara en el ámbito del teatro hasta pasados sus veintiocho años y murió a los cincuenta y dos. 

La cuestión de la autoría literaria es de interés desde que los autores firman sus obras y los egos son más importantes que el propio trabajo. Las dudas sobre la autoría de Shakespeare empezaron alrededor de 1785, cuando el reverendo James Wilmot afirmó que sir Francis Bacon era el verdadero autor. Desde entonces, la controversia sobre la autoría de las obras de Shakespeare no ha cesado. En 2016, la polémica llegó a los titulares de varios medios de comunicación después de que la publicación The New Oxford Shakespeare señalara a Christopher Marlowe como coautor de Shakespeare en Enrique VI. La noticia apareció en la BBC, The New York Times y The Washington Post.

Fueron lingüistas forenses los que se encargaron de analizar las obras de Shakespeare y Marlowe. El análisis de la autoría es una rama de la lingüística forense, término acuñado en los años sesenta durante la investigación de un caso de asesinato. Debido al creciente interés en la lingüística forense y, específicamente, en la identificación del autor, algunos académicos han aprovechado esta oportunidad para retomar la llamada «controversia de Shakespeare». 

El estudio de la autoría atrae a investigadores y profesionales de diversas disciplinas, incluidas la lingüística, la literatura, la historia, la teología, la psicología, la estadística y la informática. Estos investigadores examinan una serie de parámetros cuando tratan de establecer la autoría. El modo en que se produce el texto, es decir, el medio y los materiales, es el primer dato y base del trabajo, especialmente en documentos manuscritos. Pero lo más importante es el estilo, el tono, las descripciones de las personas, de los lugares, las emociones y las situaciones, la estructura de las oraciones, el empleo de las diferentes categorías gramaticales y la puntuación. Los lingüistas forenses también analizan el perfil psicolingüístico del autor con el objetivo de responder a la pregunta: ¿qué tipo de persona escribió esto? Finalmente, comparan los textos de estudio con otros textos. Estas técnicas, en suma, permiten a los lingüistas forenses organizar y analizar científicamente los datos de un documento. 

Hay, además, programas informáticos que pueden detectar la autoría con bastante precisión. Cuando se publicó la novela El canto del cuco, no fue complicado analizarla con software y, al compararla con varios textos de J. K. Rowling, descubrir que ella era la autora, y no el tal Robert Galbraith que la firmaba. El software toma una muestra de escritura y determina, sobre la base de la similitud, quién, de entre un grupo de autores, es más probable que haya escrito esa muestra. Después, un lingüista tiene que verificar el trabajo y poder explicar las diferencias y por qué son significativas.

Con el software se adelanta muchísimo trabajo. Gracias a estos programas se está examinando todo tipo de textos famosos de autor anónimo en busca de pistas sobre sus autores. Pero no se confíen, también se analizan textos no tan famosos: tuits, estados de Facebook, reseñas de Amazon… lo que sea para obtener pistas sobre nuestros hábitos de consumo. El panóptico de Foucault de estos tiempos es el teléfono móvil. 

La segunda edición de The Oxford Companion to Shakespeare se publicó en enero de 2016, justo antes de que se confirmaran y publicaran los análisis computacionales que acreditaron la autoría de Marlowe en partes de la obra de Shakespeare. Meses después, el reputado profesor y editor del volumen de la obra de Shakespeare emitió un comunicado en el que explicaba que Shakespeare colaboró con otros autores más de lo que se suele pensar y que un tercio de sus obras podrían haber sido escritas a cuatro manos.

Entonces, en varios programas de radio de la BBC empezaron a intervenir profesores especialistas en Shakespeare hablando de hechos bastantes sorprendentes, como que el vocabulario de Shakespeare no era tan excepcionalmente amplio como siempre se había pensado, sino que era el habitual de la época. Parece que muchas de las palabras y frases que solíamos pensar que fueron acuñadas por Shakespeare ya habían sido usadas por otros escritores antes que él, y que eran típicas de los manuales de conversación de la época.

Hugh Craig, director del Centre for Literary and Linguistic Computing, está de acuerdo en que Shakespeare no tenía el gran vocabulario que generalmente se le atribuye. Craig comparó las palabras que usaba Shakespeare con las que aparecen en otros textos de dramaturgos de la época y llegó a la conclusión de que la diferencia en el vocabulario no era sorprendente. Para Craig, el talento del autor inglés se debe principalmente al modo en que usaba palabras comunes y corrientes.

El trabajo de Craig ha llevado a más hallazgos curiosos, como que una serie de escenas de la obra La tragedia española, atribuidas previamente al dramaturgo Ben Jonson, son en realidad de Shakespeare. Los resultados están en su libro Shakespeare, Computers and the Mystery of Authorship.

Respecto a Bassano, hay consenso en que su persona y su trabajo deberían estudiarse a fondo si queremos saber más sobre la creación de las obras de Shakespeare. Por ahora, bastantes académicos piensan que no solo fue la «Dark Lady» de los sonetos, sino que también tuvo mucho que ver en la creación de unos cuantos trabajos de Shakespeare. Las tramas de unas cuarenta historias italianas, algunas nunca traducidas al inglés, están incorporadas en las obras de Shakespeare. Shakespeare, como autodidacta, podría haber encontrado, traducido y comprendido fuentes tan diversas, pero también podría haber recibido ayuda de alguien que conocía esas historias y que, además, le hizo cambiar su punto de vista sobre las mujeres. 

El análisis forense de la autoría es un tema candente que en los próximos años irá generando más interés a medida que tengamos noticia de otros descubrimientos aún más impactantes. La cuestión es: ¿deberíamos aplicar este rigor científico a la vertiente humanista y estudiar a Shakespeare como si fuera un criminal al que descubrir? Lo que debería importar es el estudio —y disfrute— de los textos de Shakespeare; el fin a veces es lo de menos, y puede ser conveniente cambiarlo. Irónicamente, si Shakespeare no fuera Shakespeare, se perdería mucho interés en su obra. «Ser o no ser, esa es la cuestión».